Miércoles, 08 Julio 2020

Que la paz sea contigo

Written by Aura Hernández
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A esa mujer llamada Paz, la deseamos todos, con emoción profunda. No obstante, la queremos sin saber quién es. Extraño, no?

 Y realmente deseo que la Paz llegue, toque la puerta de su casa, que entre y apague los televisores, la radio y le diga que ya se acabo la guerra, que se le está haciendo tarde para ponerse de acuerdo con los otros ciudadanos a construir país. En la calle, que le quite las gafas del color de la indiferencia o de las etiquetas y con eso pueda andar sin juzgar a los demás, en un país pluricultural y multiétnico. 

La distancia con Colombia de alguna manera me ha dado un respiro, pero solo me di cuenta por situaciones que aisladas de su contexto colombiano tuvieron un efecto atroz en mi.  Soy más fan de la radio que de la televisión, así que un día se me ocurrió  poner un poco de radio colombiana y sentirme en la tierrita. Efectivamente, al minuto tenía el corazón a mil, el sonido asaltante de las noticias, la voz intensa del locutor, el número de muertos, la corrupción. Casi me da un paro cardiaco! Por otro lado, cualquiera de los programas de entretenimiento está fundado en matar o descalificar al otro. Bien! La angustia y el miedo me invadieron de inmediato. Así no se puede vivir en Paz, al menos no querrá ni acercarse.

En Colombia, hemos tejido una esperanza colectiva de generación en generación en los últimos 50 años acerca de la Paz, que por supuesto nos llena de emoción, pues se conecta directamente con nuestros sentimientos más que con la cabeza.  Extrañamente en el discurso que hemos construido los colombianos se ve reflejado todo lo contrario: legitimación de la violencia, rechazo a la diferencia, confrontación agresiva como medio de solución de conflictos. ¿Cómo puede ser posible eso, se preguntará usted, si todos somos gente de bien y a todos nos enseñaron a portarnos bien? Seguramente le serán familiares frases como “la letra con sangre entra”, “Es que si da papaya, estamos mal hermano”, después de que lo han atracado en la calle; darle importancia mínima a los indígenas o las personas con discapacidad; para no ir tan lejos, el último meme con el personaje de Pablo Escobar con libreta en mano. Esto significa que es normal para cada uno de nosotros ser violento, negligente con los demás, pero lo peor: ¡Lo premiamos!

En realidad la vida política y la forma de accionar de los gobiernos influye en nosotros más de lo que podríamos pensar. En la mesa de negociación estarán detrás de los hilos, los egos y agendas de cada parte, que en efecto es totalmente normal. Sin embargo, de lo que pase allí y la forma en que suceda, repercutirá profundamente en el discurso que está anclado en el imaginario colectivo acerca de los comportamientos socialmente aceptados en Colombia. Si en el gobierno anterior incluimos en nuestro repertorio terrorista a cualquiera que interrumpa con el orden “normal” de las cosas, aquí podrá pasar exactamente igual.

 Resalto sobre todas las cosas, que el Proceso de Paz en Colombia concierne a todos. El grupo armado es solo un pequeño porcentaje de colombianos con los que el Estado debe tratar la dejación de las armas para dar paso a nuevos caminos de participación. Resulta evidente entonces que es sólo una de las dos vertientes que subyacen la consecución de la paz. La segunda vertiente y más importante somos los ciudadanos. Pasa que la prioridad en las mesas de concertación entre los bandos armados y las clases más altas del país, no estamos incluidos los ciudadanos de a pie. Por eso en las conclusiones económicas, sociales y culturales hemos estado ausentes. Para que de una vez por todas el Estado nos mire de frente y le exijamos cara a cara a su representante, el Sr. Santos, que aquí no estamos pintados en la pared. 

Es una gran apuesta, porque si hay resultados positivos y se llegan a acuerdos, como nación entenderemos que somos capaces de comprendernos, aceptarnos y saber que tenemos objetivos comunes. Si por el contrario, las Farc no se atienen al procedimiento y metodología acordados, y declinan en medio de las conversaciones, entenderemos que el Estado ha impuesto sus reglas y que estas se cumplen. De alguna manera estas acciones políticas se verán traducidas en actitudes, normas, símbolos que modificarán nuestra percepción sobre la solución de los conflictos, hasta los de la vida cotidiana.

Tengo la esperanza que aprendamos desde ya que el disenso es válido y necesario dentro de una sociedad, pero sobre todo que nos reconozcamos como ciudadanos capaces de afrontar nuestros miedos, le quitemos las armas a las palabras, pongamos la dignidad humana como denominador común de nuestros valores y la paz sea con todos nosotros. 

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