Viernes, 03 Abril 2020

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¡Ni una narconovela más!

Written by Angélica Ochoa
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“El Capo”, “El cartel de los Sapos”, “La Reina del Sur”, “Pablo, El Patrón del Mal”, entre otras novelas del narcotráfico o como se les denomina ahora narconovelas, bautizando un género que pareciera que apenas nace, se han convertido en la apología a los antivalores y el delito. Sin embargo, la audiencia nunca les falta aduciendo que hacen parte de la documentación de la historia y que como tal hay que verlas y reconocerlas, sí es así bienvenida sea la novela de Jaime Garzón y que se llame “Entre el humor y la impunidad”.

Las narconovelas, como subgénero de la novela, abarcan un problema que ha venido tomando escalas globales como lo es el narcotráfico y todas las dinámicas que con este fenómeno conviven como lo son la prostitución, el sicariato y la corrupción. Novelas literarias como “Sin tetas no hay paraíso”, “Rosario tijeras” y “La Virgen de los Sicarios” pasaron de la prosa a las pantallas de televisión bajo el argumento que las inspiró: hacer parte de la documentación de nuestra cruenta historia. Y en ese orden es comprensible. Sin embargo, la creciente afluencia de narconovelas lejos de ser instrumento de memoria histórica es cada día una herramienta mucho más eficiente a la hora de reforzar antivalores tales como el odio, la mentira y el facilismo.

En estas novelas el capo, el patrón o el narco (cuando no es la prostituta o el sicario) es el protagonista y su historia se basa en una cadena de eventos marcados como trascendentales, dignos de ser recordados al detalle, en la que el papel del héroe lo juega a la perfección saliendo de su rol de víctima para dominar a la sociedad que en un pasado lo habría condenado a la pobreza y al sufrimiento. Como novela no es su papel mostrar una moraleja, sin embargo tampoco es su papel mostrar a estos actores sociales de nuestra guerra como modelos a seguir que siempre ganan, que obtienen sin ninguna consecuencia, rápidamente lo que desean, que gozan en cierta forma de aceptación y prestigio social, que detentan poder y que es imposible enfrentárseles.

Un primer mensaje que queda claro es que es deseable ser un capo. Como capo se vive una vida corta pero llena de lujos, sexo y excesos todo esto conseguido rápidamente y con la adrenalina siempre al máximo, lo que dentro de nuestra sociedad puede ser bien traducido como “felicidad”. Un segundo mensaje es que si va a prestar sus servicios como verdugo o asesino es mejor ofertarlos al mejor postor y no es precisamente al Estado siendo un soldado o un policía, pura cuestión de oferta y demanda. Una tercera lección nos la enseña esta vez la ex primera dama de Panamá quien hace uno días trinó: “por gusto cualquier esfuerzo individual o colectivo contra la violencia…mientras se promueva narco novelas”, “narcotráfico gratis, adentro de miles de hogares… jóvenes y niños expuestos…después nos quejamos #failpabloescobar”. Esta última lección que probablemente no tiene clara la audiencia del Capo va acompañada de la pregunta ¿por qué si queremos documentar la historia del narcotráfico en nuestro país no sacamos una novela donde Luis Carlos Galán es el protagonista?

En un pueblo sin educación este tipo de emisiones no son aborrecidas sino admiradas y enaltecidas. Yo no sintonizo, ni sintonizaré una narconovela pero aun sin verlas no me aguanto ni una narconovela más.

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