Domingo, 31 Mayo 2020

¡En cualquier tiempo!

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Al llegar a casa de mi abuela me sentía sola, triste y vacía.  Mi único refugio eran los libros, los cuales me transportaban a un mundo de fantasías en el que vivía  aventuras caballerescas, las cuales tenían el poder de reflejar la repulsión que sentía  por el medio que me rodeaba.

En aquella oportunidad, estando en casa de mi abuela y casi sin notarlo, empecé a dejar de ir al baño, mi organismo lo único que quería era eliminar la profunda tristeza que me agobiaba por el vacío que mi madre dejaba al dedicar gran parte de su tiempo al trabajo. Luego de unos días tal situación fue notada por mi abuela, quien de inmediato me llevó al médico para así poder descifrar el motivo de mis síntomas.

Recuerdo con gran certeza los gestos del médico poco antes de diagnosticar mi enfermedad. Para tal momento, mi abuela y yo solo pedíamos a Dios que tales síntomas no fueran más que un simple virus, ocasionado por mi traslado de ciudad. El doctor decidió interrumpir el silencio incómodo diciéndole a mi abuela que la mejor decisión era agilizar mi transferencia a un lugar donde contaran con un poco más de condiciones para mi posible tratamiento. Mi abuela, al oír dicha noticia, rompió en llanto.  Temblorosa se puso de pie, salió del consultorio y tomó el primer carruaje que se pasó por su camino.

Al llegar a casa, nos dispusimos a empacar maletas en menos de un parpadeo. A los pocos minutos abandonábamos nuestro hogar para dirigirnos a mi ciudad de origen. Estando allí, mi madre nos esperaba con gran angustia. Sin pronunciar palabra y de forma inmediata nos dirigimos hacia el hospital más cercano, en donde me realizaron un chequeo completo.

El resultado de los exámenes no fue el más positivo, ya que confirmaba la presencia de desórdenes alimenticios, los cuales traían consigo otros males. Ese momento fue decisivo no solo para mí, sino también para mi abuela y mi madre; en efecto mi salud se debatía entre un posible estado crítico por descompensación y la posibilidad de alejarme de todos mis familiares por un tiempo, para mi posterior recuperación. Luego de una breve pausa, la decisión estaba tomada, debía alejarme de mi familia e internarme en el hospital hasta que mi cuerpo se reestableciera y no corriera ningún peligro.

Mi abuela, nerviosa, solo preguntaba a la enfermera si yo estaría bien y mi madre, sin prestarnos atención, para así no sollozar, agilizó los papeles que autorizaban el inicio del respectivo tratamiento. Después de este caótico momento, no restaba más que dar este primer y difícil paso en la vida de todas: nuestra larga, compleja y dolorosa separación. Mi madre solo tuvo alientos para abrazar a mi abuela, darle la media vuelta y marcharse junto a ella con la esperanza de que todo saliera bien. Respecto a mí, solo observaba como partían. Las lágrimas se escurrieron sobre mi rostro. De pronto, la enfermera me tomó de la mano y me llevó a lo que sería mi nueva morada.

Pasaron un par de meses antes de poder abrazar a mi abuela y a mi madre. Fue una dura recuperación. Junto a mí, las enfermeras se  encargaban de verificar que todo tuviera el curso correcto, noche tras noche.

Después de mucho llorar, se acercaba el tan anhelado momento. Faltaban tan solo dos días, los cuales uno tras otro, se hacían cada vez más eternos. Una mañana solo desperté y ahí estaban junto a mí, las dos mujeres que hicieron de mí la persona que soy ahora, acariciándome y admirando mi semblante después de estar a un paso del final de la vida.

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Paola Bogota

Nación en la ciudad de Bogotá con énfasis en comunicación y conflicto de la Universidad Santo Tomás. Soñadora, Extrovertida. Perseverante, práctica y decidida. 

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