Sábado, 14 Diciembre 2019

Fútbol S.A. y el “picaito” por la paz

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Durante la guerra de España, dos equipos peregrinos fueron símbolos de la resistencia democrática. Mientras el general Franco, del brazo de Hitler y Mussolini, bombardeaba a la república española, una selección vasca recorría Europa y el club Barcelona disputaba partidos en Estados Unidos y en México”, cuenta, entre otras anécdotas similares Eduardo Galeano.

El 29 de noviembre pasado, el “Pibe” Valderrama y el “Chicho” Serna, lanzaron una particular propuesta de jugar un “picaito” por la paz, entre las grandes glorias de la selección Colombia de los 90´s y un equipo de fútbol de las FARC. A dicha propuesta, la delegación de paz de dicha organización respondió casi que de inmediato, complementando la iniciativa con detalles de un encuentro que, según ellos, podría jugarse de ida y vuelta en La Habana y Pescaito, con equipos conformados por hombres y mujeres y, además, con la presencia de exfutbolistas latinoamericanos como Aguinaga, Maradona o “el Diablo” Echeverri, entre otras minucias contenidas en la respuesta enviada desde La Habana.

El fútbol y la política son harina de un mismo costal, aunque varios se empeñen en afirmar lo contrario. Los ejemplos son muchos, pero sin profundizar en el debate, es claro que la pelota es una parte importante de nuestra sociedad. Los aspectos más dolorosos de la realidad colombiana se han visto allí reflejados. No fue ajeno al fútbol el narcotráfico, pues allí tuvieron grandes inversiones Escobar, los Rodríguez y Gacha, entre otros. Tampoco lo evitó el paramilitarismo. Hoy, en los albores del neoliberalismo, tampoco ha huido de la privatización.

Hoy la tendencia que empieza a formarse en Colombia es la de los clubes de fútbol llevados a profundas crisis administrativas y deportivas, para luego mutar a formas empresariales en las cuales el ánimo de lucro se formaliza. Los casos más emblemáticos son quizá el de América de Cali y el de Millonarios. Cualquier coincidencia con la forma en que se explica la privatización una empresa pública cualquiera, es mera casualidad. Paralelo a esto, el 2013 estuvo lleno de peleas de barristas, de muertos y de heridos con camisetas de fútbol… Bueno, quizá muchos años han sido inundados de lo mismo, solo que en este, de repente, volvió a importar.

No hay que buscar teorías de la conspiración. Es claro que el fútbol es más rentable sin barristas. Lo demuestra experiencia inglesa, en donde Margareth Tacher, desde la criminalización de los hooligans, los sacó de los estadios y, así, los clubes se permitieron aumentar los precios de las entradas para los partidos, con el objetivo de “alejar a los violentos de las canchas”. De nuevo, equiparando violentos con pobres. Evidentemente, para los empresarios del fútbol, es más rentable que a la cancha vayan quienes pueden pagar boletas más costosas, puesto que además son quienes pueden comprar mayor cantidad productos, dado que ya no son hinchas, sino clientes de los antiguos equipos de fútbol que ahora son Sociedades Anónimas.

Se vislumbra entonces, una nueva guerra. Ya no entre barristas. La disputa en el fútbol se planta entre hinchas de todo tipo, fanáticos de sus clubes sin motivación económica alguna, que se rehúsan a asumirse en su condición de clientes, quienes junto con los futbolistas, que se rehúsan a ser mercancías,  pueden aún ganar un picaito por devolverle el espectáculo a sus verdaderos dueños, a las grandes mayorías; en contra del interés de los grandes empresarios nacionales y transnacionales, patrocinadores, dueños de derechos de televisión, sponsors y demás, que van por ahí amparados por leyes actuales o futuras que les permiten reducir todo tipo de derechos laborales a los futbolistas, como bien lo sabe el ministro Rafael Pardo; haciendo cada vez más rentable un negocio, en el que se venden más y más camisetas repletas de publicidad, mientras se miran con tristeza estadios más desocupados. La violencia en el fútbol no es ajena a los fenómenos de la sociedad en la que vivimos, ni mucho menos deja de ser consecuencia de la mercantilización del espectáculo.

Entonces, el picaito por la paz, debe ampliarse. Bienvenida la selección Colombia de los 90´s y bienvenidas sean también las FARC. Sin embargo, el juego debe incluir a los hinchas del fútbol y futbolistas activos, desempleados y desprotegidos, también, a los empresarios y directivos, para de una vez por todas entender en el país, que sin deporte y recreación para todos, no habrá paz.  Es decir, que es necesario discutir cómo aporta el fútbol en particular y el deporte en general a la construcción de una nueva sociedad mucho más allá de un partido. El debate sobre el fútbol en el país, por gracia o desgracia, es político y, asimismo, atraviesa también la posibilidad de erradicar una parte importante del componente social de nuestro doloroso conflicto armado

@FernandoVeLu

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Fernando Vega Lugo

Actualmente en proceso de grado de jurisprudencia en la Universidad del Rosario y estudiante de Ciencia Política y Gobierno en la misma universidad. Activista de la MANE, miembro de la FEU-Colombia y de la Marcha Patriótica. 

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