Lunes, 25 Mayo 2020

MIRA: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

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El escándalo desatado por el discurso discriminatorio de la dirigencia del MIRA – y su sospechoso e inaceptable silencio- fue la mejor excusa para desvelar la última de las múltiples cajas de Pandora del acontecer político nacional y, sobretodo, para reflexionar en torno a la tóxica y explosiva mezcolanza de fe y política.

Lastimosamente en Colombia, como suele suceder en latitudes tropicales, la moda es condición necesaria para el descubrimiento de las enfermedades de la sociedad y para el diagnóstico de los cánceres de las instituciones, así como  la presión de los medios constituye, sin asomo de duda, el más determinante –si no el único- caldo de cultivo para las transformaciones sociales. Era entonces necesario que la Piraquive mamá metiera la pata, y bien hondo, para que hubiera consciencia sobre las funestas consecuencias que acarrea la manipulación de la fe y el abuso de la libertad de cultos con respecto a la igualdad y la transparencia que -se supone- debe prevalecer en el juego electoral. Fue necesario también, a manera de introducción, que se eligiera y reeligiera a un déspota y fanático procurador para dimensionar el riesgo que comporta la intromisión de la religión en la política.

El tema no se había puesto de moda porque hasta hace poco venían haciendo las cosas de una manera políticamente correcta. Detentaban un prestigio que era atribuido más a su férrea disciplina de partido que a la vergonzosa ventaja electoral que supone conseguir votos desde el púlpito.

Sin embargo la discapacidad, un asunto tan sensible como trascendental, ameritaba un tratamiento igualmente cuidadoso y prioritario de su parte. Pero la fama y el prestigio les pasaron cuenta de cobro y las desafortunadas declaraciones, en su vanidad y en su egolatría,  pusieron en duda  la credibilidad de su método de adoctrinamiento religioso – y político- que tantos frutos les reportó para posicionarse y mantenerse como el primer –y único- movimiento cristiano en el mapa electoral colombiano.

Ahora el ingrato curso de la opinión pública los pone como protagonistas de una de las más graves enfermedades de la sociedad y  cánceres de las instituciones: la mezcolanza entre política y religión.

La manipulación de la fe para conseguir votos y hacerse al poder es de lo más perverso. Al Estado le corresponde satisfacer necesidades, garantizar derechos y respetar libertades públicas, y no cercenarlas entrometiéndose en las creencias de sus asociados. Los colombianos precisan de educación, salud, justicia, seguridad, saneamiento básico, libertad de conciencia, de prensa, ¡de cultos, paradójicamente!, de paz… Todo lo cual, con obvias limitaciones, es del resorte del Estado que debe actuar directamente para cumplir con su función. Pero el Estado no puede -ni debe- intervenir directamente para que los colombianos sean personas de bien y encuentren su paz espiritual y personal, más allá de ofrecerles las condiciones para que lo logren. De ahí para allá, como se dice coloquialmente, actúa la moral y religión, a cuyo tenor sí puede juzgarse quién es persona de bien y conducirse al individuo hacia la plenitud espiritual y sentimental, sin que pueda cuestionársele por ello. El Estado, en consecuencia, no puede –ni debe- dictaminar qué es ser una persona de bien ni quién es una persona de bien.  Sí le corresponde determinar, previamente, qué actos de sus ciudadanos lesionan los bienes jurídicos más preciados para la vida en sociedad y castigar a quienes los cometan; jamás imponerles un modo de ser, una manera de comportarse, porque entonces deja de ser un verdadero Estado demoliberal para convertirse en un régimen, una dictadura y un totalitarismo.

Lo que hacen el Movimiento MIRA y sus asimilados es valerse de la predica de la moral y la religión para acceder al poder público, cuando lo público debe deslindarse de lo espiritual. Manipulan las conciencias y las mentes a las que acceden por virtud de la religión para que acudan a las urnas con la fe y no con la razón; con el corazón y no con el cerebro.

Son empresas religioso-electorales que aprovechan las ventajas que el Estado ofrece a quienes se dedican a promover el culto para conseguir votos, ya que no están sujetas a los límites de los demás movimientos o partidos  y, por lo tanto, disponen de la ventaja de hacer política mientras predican, antes o después de cuando está permitido, sin que puedan ser controladas por ello.

Lo dicho no implica que todas las iglesias actúen de esta manera. Estoy convencido de que casos como el del MIRA son la excepción. De hecho  hay casos sobresalientes de cristianos en la vida pública, como los de Viviane Morales y el presidente del Fondo Nacional del Ahorro, cuyas profundas convicciones contribuyen a su liderazgo.

El escándalo, que alerta a quienes aun no hemos caído en las redes de este tipo de movimientos,  deja como saldo un sinnúmero de mentes adoctrinadas respecto de las cuales no parece haber marcha atrás; como conclusión, la necesidad de limitar su actividad política, porque la religiosa es inalienable; y como moraleja, una consigna curiosamente cristiana: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

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Humberto Izquierdo

Abogado de la Universidad del Rosario y profesor auxiliar de Derecho de la Hacienda pública de esa misma institución. Especialista en Derecho penal de la Universidad de Salamanca, España. Cursando especializaciones en Derecho penal y tributario en la Universidad del Rosario. Líder estudiantil, liberal, de pensamiento y de partido, obsesionado y apasionado por construir una Colombia educada, igualitaria y sobre todo en paz.

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