Miércoles, 13 Noviembre 2019

Ya va a empezar el mundial y aún no tengo el álbum.

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Los fanáticos tumban las estanterías de los almacenes de cadena cuando llegan los Mundiales de Fútbol. Religiosamente, cada cuatro años, aguardan con sigilo y con paciencia la llegada del álbum, ese compendio de imágenes a las que idolatran casi como a dioses.

Los anuncian y los publicitan con meses de anticipación, al tiempo que van  comprando las láminas que pronto van a pegar en cada recuadro. El ritual es impecable: quitar el papel que recubre la película adhesiva, ubicar en limpia exactitud el caramelo dentro del recuadro, cuidar que no quede torcido o con espacios. Sólo hay una oportunidad para poner el caramelo dentro del recuadro, porque si queda mal puesto hay que despegarlo y el caramelo, posiblemente, se echará a perder. Los que hemos llenado álbumes alguna vez, sabemos que existen caramelos muy difíciles de conseguir y dañar uno significaría no completar la colección, probablemente jamás. Es un asunto de cuidado.

Curiosamente, aquí en Colombia, cada cuatro años llega otro álbum, con otras imágenes tal vez menos entusiastas. Quizás por eso es que no se ven tumultos por adquirirlo y mucho menos entusiasmo por llenarlo. No se ven las figuritas heroicas y apolíneas de los atletas, sino algunas caras menos saludables y con menor jovialidad.

Anunciados desde largas semanas atrás en los medios, también atiborran los espacios públicos. Sin embargo, a diferencia del álbum del Mundial, este solamente se puede llenar en un solo día, un día específico que la Registraduría Nacional tiene a bien cuadrar a su antojo. Algunos se llenan, pero la gran mayoría se queda sin estrenar y van a parar rotos, antes de caer la tarde, a una ignominiosa bolsa negra.

Cruel destino ¿no? El ritual es similar al primero: se entrega la cédula a un emisario, que quizás sonríe; otro emisario entrega el álbum, de una página y con ocho o nueve recuadros; se camina hacia un lugar privado en donde cuidadosamente se tomará un marcador o un esfero para marcar uno de los recuadros, el de nuestro ídolo, mesías, personaje del que somos hinchas… llamémosle como mejor nos parezca. No se puede marcar más de un ídolo, eso es traición según los más puristas . No faltan los entusiastas que marcan todos los recuadros; tampoco falta el indeciso que no sabe cómo llenarlo o a quién darle el favor de su cruz, la santa cruz electoral.

Al igual que el otro álbum, hay sólo una oportunidad para llenarlo y el hacerlo mal implica que la colección no se complete. Es, también, un asunto de cuidado.

En el mundial de fútbol, como en las elecciones, el ambiente es sabroso. Se habla de estadísticas, de jugadores que pueden meter más goles, de cuál de estos personajes es el más volador (o el más avión), de cómo se valen las jugadas ilícitas o en fuera de lugar. Es una forma divertida de perder el tiempo; uno, que es de lavar y planchar, se queda pegado al televisor viendo lo que pasa y lo que está en juego. Salen suplementos de noticias que muestran a los hinchas de uno u otro bando dándose en la jeta y matándose por los resultados, lo cual no es del todo malo para mí, pues al otro día hay trabajo y toca ganar la papita.

El reguero que queda después de cada partido es el mismo, y ahí hay trabajo para mis amigos los barrenderos. Después de que uno de los contendores gana, el otro alega por acto reflejo. No importa quién gane; malos perdedores va a haber siempre y se rehusaran a aceptar la derrota. Esa es la fiebre precisamente: ganar.

A los hinchas les importa poco el como gana su equipo o su jugador; con que gane, así sea por debajo de la mesa (o de la urna), el hincha va a celebrar y va a restregarle “su” victoria en la cara a sus acérrimos rivales. La borrachera del triunfo dura días, tal vez semanas. Los perdedores se lamentan porque pasarán otros cuatro años para poder sacarse la espinita. Y no hablemos de los periodistas o las gentes de bien que salen en televisión a ayudar a rociarle gasolina a la candela.

Vemos entonces que una cosa no difiere de la otra. Nos tomamos lo político a lo futbolero, y somos un electorado que no es de votantes sino de hinchas. Las diferencias parecen ser irreconciliables y casi se vuelve traición tener un amigo que no sea del bando que uno defiende, apoya o del cual uno es seguidor. Fregado vivir así.

Claro está que los futboleros al menos tienen un poquito de ética que los electoreros no tienen: ellos al menos no vienen hasta aquí, al cementerio, a joderle la vida a mis muerticos, dizque para que vayan a votar. Seguiré  esperando el álbum.

Epitafio: Yace aquí el sentido común de los bogotanos: Colapsado por el afán matutino vivió, para morir como mártir una cruel mañana, en la que mandaron a las damas a un vagón y a los que no lo son al vagón de atrás. R.I.P

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El Sepulturero

 

La cédula dice que se llama Funesto Mármol Hoyos. Heredó el oficio de su padre y ha vivido en el cementerio toda la vida. Las verdades políticas, deportivas, históricas y educativas son un constante profanar tumbas; él lo entiende bien y sabe que para poder hablar con la verdad, probablemente haya que desenterrarla de alguna fosa. Por eso nunca le pareció extraño el título de la película Ese muerto está muy vivo, porque acá los muertos hablan, votan, cobran pensiones y viven mejor que muchos.

 

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