Viernes, 05 Junio 2020

Para blindar la paz: ¡Que cese el fuego!

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Por: Fernando Vega Lugo

La suspensión de los diálogos de paz por parte del presidente Santos es una afrenta al proceso desarrollado en La Habana. No se trata de una simple pausa, sino de un termómetro con el que Santos busca equilibrar su relación con los altos mandos militares, a la vez que mide el apoyo ciudadano al proceso de paz.

Las reflexiones son muchas. No han perdido oportunidad los sectores guerreristas, para beber de la sangre y esgrimir sus reticencias sobre cada posibilidad de avances del proceso. A modo de rimbombantes “capitulaciones” o detalladas cartas de amplia difusión por la gran prensa, no cesan las conspiraciones en contra del proceso, de quienes terminan por inflar sus cuentas en redes sociales a través de chivas filtradas por medio de la inteligencia militar.

Sin lugar a eufemismos, apegados al artículo 4 del Convenio 3 de Ginebra relativo al trato debido de los prisioneros de guerra de 1949 la desafortunada retención del general Alzate encaja perfectamente en esta categoría. Dicha acción de guerra debe ubicarse al lado de la retención de los soldados de Arauca por parte de la insurgencia, los bombardeos de las Fuerzas Militares en contra de campamentos guerrilleros y con afectación a civiles, la siembra de minas antipersona, los falsos positivos, las operaciones encubiertas, entre muchas otras, como actos que por sí mismos desestabilizan los anhelos colectivos de paz que hoy permanecen en Colombia. Los actos de guerra traen siempre consigo derramamiento de sangre, y en esta ocasión, hay que pararlos.

Hay que superar algunos discursos para construirle una mayoría social a la paz. Esa recalcitrante idea de la “división interna de las FARC” impulsada por los grandes “conflictólogos” hoy se cae por su propio peso. Resulta equivocado pensar que esa supuesta realidad aceleraría la posibilidad de avanzar hacia la firma de un acuerdo de paz. Por el contrario, esa realidad haría pensar en una imposibilidad rotunda de finalizar la confrontación armada. Hoy preocupa más una eventual división en el Estado colombiano, entre unas Fuerzas Militares que parecen confiar más en los caprichos del expresidente Uribe que en las órdenes del presidente Santos, que evidencia por redes sociales y en discursos sus dificultades. Aún faltan respuestas profundas, que deben Santos, Pinzón y hasta Uribe y la inteligencia militar al país.

No puede la opinión pública pararse desde una orilla de la guerra, sino desde la profundidad de la paz. El reconocimiento del conflicto –condición necesaria para el diálogo- implica per sé la bilateralidad de las hostilidades. No pueden los cálculos militares de un lado u otro ser óbice para que no sea posible pactar hoy una tregua. La paz es un derecho fundamental y como tal debe ser defendido, ante una posibilidad inminente de pactar un cese al fuego, que por supuesto debe ser bilateral. No exigirlo de esa manera sería tal como pedirle a alguna de las partes del conflicto que deponga sus armas mientras la otra continúa con su ofensiva, donde no estaríamos ante un proceso de paz, sino ante un escenario de sometimiento.

Está entonces latente –como hace 50 años- la dicotomía entre guerra y paz. Hay que defender la paz por encima de los cálculos políticos o militares, de la legitimidad de cualquiera de las dos partes del conflicto y anteponiendo la vida humana como un principio y un valor para comprometerse con el proceso.

Hay que blindar la paz. Blindarla desde el sentido común, pero además blindarla desde la esperanza que representa el anhelo colectivo de vivir –al fin- en una Colombia en paz.

Que se dé el primer paso: ¡Que sea un cese al fuego bilateral inmediato!

@FernandoVeLugo

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Fernando Vega Lugo

Actualmente en proceso de grado de jurisprudencia en la Universidad del Rosario y estudiante de Ciencia Política y Gobierno en la misma universidad. Activista de la MANE, miembro de la FEU-Colombia y de la Marcha Patriótica. 

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