Jueves, 04 Junio 2020

Destino o Consecuencia

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Por: Josué Martínez

A través de la ventana se puede ver buena parte del Centro Comercial Unicentro, al menos la parte que da a la carrera 15. Estoy en el sexto piso y la vista es amplia y agradable. Más atrás y más lejos, allá entre las montañas verdes, dos o tres grúas gigantescas se elevan dibujando imperceptiblemente nuevos rectángulos de color amarillo quemado. Edificios que van volviendo más “civilizado” el paisaje, al mismo tiempo que matan el verde vivo de los árboles. Más a la derecha hay un grupo de edificios grandes y modernos. Los edificios que quedan al frente de Hacienda Santa Bárbara. Bellísimos me parecen, no importa las veces que pase por allí, siempre me quedo absorto mirándolos, con la vista fija en el último piso. Tratando de adivinar cómo se verá todo desde allí, soñando también con algún día tener una oficina en un lugar así. Recuerdo que cuando tengo que ir a hacer algo a Hacienda, acostumbro devolverme a pie hasta la autopista norte porque, además de lo difícil que es conseguir transporte en ese sector hacia el sur; puedo tener una mejor vista de estos edificios a medida que descuento carreras mientras bajo por la calle 116. Es bastante agradable e inquietante a la vez caminar por allí. Concesionarios de autos de marcas lujosas, restaurantes elegantes y seguramente costosos, personas muy jóvenes manejando BMW, personas mayores manejando Mercedes Benz, bares al estilo de Bogotá Beer Company en ambos lados de la calle; hablando de la parte agradable (se me antoja agradable aunque no tenga posibilidades de entrar en ninguno de esos lugares). La parte inquietante es que cada vez que caminando alcanzo a alguien, ese alguien se da la vuelta para mirarme varias veces, se asusta, se hace un lado, desacelera el paso y espera a que yo lo adelante. Yo sé que la inseguridad está disparada, pero, ¿es para tanto? ¿Será que se nota mucho que no soy de ese sector de la ciudad y piensan que los voy a robar? Bueno, no sé, considero en todo caso que no tengo cara de ladrón.

Todo esto recorre mi mente a gran velocidad, mientras miro por la ventana sentado en mi oficina. De mi enmimismamiento, me saca la voz de mi jefe que me pide alguna cosa y vuelvo a la realidad. 10 o 15 documentos esperan ansiosos debajo del teclado a que yo los ingrese al sistema, varios paquetes que acaba de traer la transportadora esperan ser destapados a un lado en el piso, suena el teléfono y me avisan que llegó la persona que se va a llevar el reloj que tengo listo y empacado a un lado del escritorio, se asoma una compañera y me avisa que viene en camino una importación… y yo miro el reloj, rogando por dentro que ya sea casi hora de almorzar para poder salir de ahí o, si fuera posible, que falte media hora para que termine la jornada; sólo para comprobar con terror que son las nueve de la mañana.

Trato de dibujar este cuadro porque en momentos así viene a mí la pregunta que provocó este escrito: ¿Por qué me tocó vivir la vida que vivo? Esto no es una queja ni mucho menos de mi trabajo, ni de las cosas que hago cotidianamente. Gracias a Dios tengo un empleo que es, entre otras cosas, estable y en una buena empresa. Pero me llamó la atención que hoy sábado santo, una persona cercana trajera a colación esta inquietud. En el grupo al que pertenezco, la líder daba una bienvenida a los nuevos asistentes y les decía entre otras cosas que contaran con nosotros, los de más tiempo, que podíamos guiarlos en cosas como su propósito en la vida, la razón de la existencia, los motivos para ser feliz y a entender por qué les tocó vivir la vida que viven. Tengo claro lo que les diría si me formularan las anteriores preguntas menos la última. Y no tiene nada que ver con el propósito o la misión que tengo en esta tierra. Tengo bases morales, éticas y espirituales claras respecto de estos temas, pero me parece que cualquiera que sea mi situación o modelo de vida, el propósito y la misión siguen siendo los mismos; luego el tener claridad respecto de estas dos cosas no responden a la pregunta que queremos responder.

Hay quienes afirman que lo que soy y como vivo, depende directamente de las decisiones que tome. Hay otros que por el contrario creen que para todas las personas, todo lo que les pasa hace parte de su destino y que no hay nada que se pueda hacer para cambiarlo. ¿Qué cosa no? ¿Entonces vivo en un plan predestinado, llevado por las cosas que me van sucediendo y no sé por qué pero voy cumpliendo con un camino que ya está trazado sin poder cambiar nada? En ese orden de ideas, no importa si me esfuerzo o no, si soy disciplinado o no, si trato de comportarme bien o no; total ya hay algo escrito para mí y voy a llegar allí sea lo que sea. Un ejemplo de esto son las personas que mueren jóvenes. ¿Ese era su destino? Por más que hicieran una cosa o la otra, ¿estaba escrito que allí terminaría su paso por esta tierra?

O más bien, estamos en este mundo, con un sinfín de posibilidades y a medida que cruzamos por situaciones y circunstancias, la forma en que las afrontamos, las decisiones que tomamos y las rutas que elegimos le van dando vida a nuestro destino. Si pensamos así habrá muy pocas cosas seguras. El resultado podrá ser tan negro como blanco. ¿Entonces no hay una línea más allá de lo humano que trace un poco el camino? ¿No se le antoja demasiada la responsabilidad del hombre en este caso?

Nelson Mandela vivió 27 años en una cárcel de Sudáfrica. Y aunque la historia tiene miles de detalles, lo cierto es que algún tiempo después de su salida, fue elegido presidente y llevó a erradicar de ese país africano, la discriminación racial. Hoy Mandela es sinónimo de paz, perseverancia, disciplina, humildad y tenacidad en cualquier parte del mundo. ¿Entonces Nelson Mandela vivió un camino predestinado? ¿No importa lo que hiciera, él iba a hacer lo que hizo? ¿O más bien, las decisiones que tomó y la disciplina y el interés que tuvo por leer y aprender lo llevaron a tener esos resultados? Será que en algún momento de esos 27 años que estuvo allí, Mandela se preguntó ¿Por qué me tocó vivir la vida que vivo? No sé. Aunque creo firmemente que no podemos solos entender lo que nos pasa y que necesitamos ayuda divina para sortear cada situación; me parece que no es un asunto fácil de resolver.

Si se pregunta por qué no aprovechar este espacio para escribir sobre cosas interesantes por ejemplo para criticar el proceso de paz, o hablar del escándalo en las altas cortes, o del accidente del avión de Germanwings, o de la inseguridad y la movilidad de Bogotá o al menos del mal momento de Falcao; tranquilo, yo me pregunto lo mismo y no encuentro respuesta. Esa inquietud no se me salía de la mente mientras leía con entusiasmo el libro de columnas de Daniel Samper y tuve que sentarme a escribir. Espero que esto no lo lea mi líder porque me parece que no va a estar muy orgullosa de mí que digamos.

Twitter: @10SUE10

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Josué Martínez

Me apasiona el fútbol, me gusta leer y escribir, trato de estar al tanto de los temas de actualidad en el mundo.

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