Miércoles, 13 Noviembre 2019
Viernes, 11 Mayo 2018 11:51

Intención de Voto

Tema: la intención de voto de los colombianos.

Invitados: Ángela Garzón - Martín Rivera Alzate

Lorena Castañeda - Maria Gardeazabal | Dirige beto diaz

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Miércoles, 21 Enero 2015 06:06

La Bancarización: ¿La Salvación?

Por: Alberto Diaz

“¡Felicidades! Su nombre ha sido seleccionado para ser merecedor de los beneficios que otorga nuestra tarjeta de crédito” Anónimo

¿En qué momento pasamos de ser una sociedad del ahorro a una endeudada?, En el pasado nuestros abuelos nos daban muestra de que el dinero alcanzaba incluso para tener un ahorro para la época de vacas flacas que la familia vivía, hoy por el contrario nos consideran potenciales “ciudadanos clientes” para los servicios bancarios, cualquier bogotano se detiene en un centro comercial y llevados por nuestros deseos empezamos a hacer transacciones con la filosofía MasterCard porque hay cosas que el dinero no pueden comprar, por eso acudimos al gran salvador, al mesías: El Banco, si, ése al que cuando se quiebra los colombianos debemos ayudar con impuestos como el cuatro por mil, pero que cuando el ciudadano no puede pagar le embargan hasta lo que no tiene, un negocio donde con cara o sello gana la corporación financiera. Acaso alguien recuerda que hubo banca estatal y cooperativa que fue adquirida gradualmente por la banca privada proceso que no requirió más de 10 años, modelo copiado también en el sector salud. Esto corresponde a la premisa en la cual se deben privatizar las utilidades y democratizar las pérdidas.

Nos han ido educando para tener una cultura consumista que nos lleva a comprar y comprar sin medir consecuencias, al pedir un crédito nos hablan de tasas de interés, de pólizas, de seguros, de pignoración y demás arandelas que nunca llegamos a entender, nos sentimos como una reina respondiendo mientras giramos haciendo hula, hula y rogando al poderoso para que nos aprueben el cupo de endeudamiento, de esta manera salimos con dos o más tarjetas, una con efectivo y otra solo para hacer compras, impidiendo que circule el dinero por nuestras manos, lo que ahora llaman el dinero plástico, todo esto con el propósito de “facilitar la vida a los ciudadanos y democratizar el acceso al crédito”, y en ayudar a multiplicar las mega fortunas de aquellos que hacen sonar las campanas en Wall Street, que manejan nuestros fondos de pensiones, que se involucran en los negocios de la construcción y de los medios de comunicación para de esta manera tener controlado los sentidos de los ciudadanos.

Según el último informe de Asobancaria el 71,5% de la población adulta en Colombia tiene un producto financiero, el cual  generó apenas la “pequeña suma” de $6,09 billones de ganancia a los bancos en 2013, en el momento en que usted hace una transacción está generando una utilidad al sector bancario. Las finanzas de algunas familias colombianas reflejan lo salvaje del sistema al perder su casa y sus bienes (ver noticia), incluso se usan métodos coercitivos, enviando un batallón para desalojar una humilde familia que no pudo continuar pagando su crédito, otro caso que llama la atención fue el de una mujer que se acercó en días pasados donde estaba haciendo una fila con mi padre para cancelar unos productos de construcción, ella nos preguntó si íbamos a cancelar en efectivo a lo que respondimos sí, nos pidió el favor entonces de entregarle el efectivo y a cambio ella pagaría los productos con su tarjeta Falabella, ya que necesitaba cancelar la matrícula universitaria de su hija, parece ser que los colombianos aceptamos como verdad que la única manera para tener “algo” es endeudándonos, ya que es el único camino que nuestros dirigentes y empresarios han dejado al ciudadano corriente. Traduciendo esta política a pesos eso significaría que por un empréstito a través de Tarjeta de Crédito de un millón de pesos se puede pagar entre 280 mil a 340 mil pesos de intereses anuales, si la cantidad excede en millones a la del ejemplo inicial este valor se multiplica exponencialmente, en el caso de 10 millones de pesos la cantidad a pagar sería de dos millones 800 mil a tres millones 400 mil pesos, es decir la suma cancelada corresponde a un tercio o más del valor tomado en préstamo, ¿imaginen lo que pasa en tres años?

Mientras el gobierno “incentiva” a los campesinos colombianos por medio de oficinas móviles para que se endeuden en los bancos (ver nota), mostrando la bancarización como una oportunidad, el gran éxito de este proyecto ha sido que cada colombiano sea un cliente, que termine obligado en su cotidianidad financiera en el deber de deber y por ende dar ganancias a las entidades bancarias, cumpliendo con ello la premisa evangélica en la cual es mejor dar que recibir ¿En qué momento los colombianos empezaremos a vernos beneficiados por las  ganancias que estas entidades crediticias ganan año tras año “obligándonos” a adquirir sus productos?, o solo nos resignaremos a ver como los grandes banqueros asisten a la posesión del presidente de turno a quien le habrán girado hipotéticamente a través de sus fundaciones y empresas dinero para su campaña, seguiremos consumiendo propagandas donde nos ofrecerán la bancarización como la salvación en este mundo globalizado.

Recientemente adquirí nuevamente una tarjeta para que me consignen mis pocos trabajos que realizó, nunca he podido retirar el total de lo que me consignan siempre queda un excedente que no sé en donde terminará, no voy a preguntar al banco porque me aburren las filas, y soy muy torpe y seguramente terminaré creyéndole al asesor su discurso elaborado en situaciones como estas, prefiero esperar ilusamente que nuestros gobernantes hagan algo al respecto. Podemos pensar “hemos avanzado”, ya que nuestros policías pueden tener bigote y de esta manera puedan desplazar a aquel grupo selecto de ladrones, rateros y maleantes ciudadanos que le deben a los bancos.

T @betodiazb

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Viernes, 13 Junio 2014 08:21

Lo que tenemos que elegir

 

Contraposiciones, eso es lo evidente por parte de los candidatos. Promesas y propuestas nos dan a conocer en medio de un debate que termina siendo un show. La búsqueda de la paz que ni siquiera hay entre los candidatos. Economía, seguridad y salud, son los principales temas para “alcanzar” una calidad en cada uno de estos aspectos.

Zuluaga quiere ser el presidente de los jóvenes y es chistoso, porque lo evidente es que muchos de nosotros no votaremos por él y sobre todo, nos genera un gran inconformismo. Afirma que no hay una política agropecuaria. Quiere perfeccionar los tratados de libre comercio que ya han hecho y que más bien, ya han afectado a millones de campesinos y a la industria Colombiana. ¿Qué quiere perfeccionar?

Los dos quieren paz. La paz, nace desde cada persona ¿Cómo puede vivir en paz una persona que no ama lo que hace? Alguien que lucha para llegar a tiempo en medio de un inmenso caos, que corre al compás de un reloj, quien vive esperando un fin de semana para olvidar por dos días lo que odia hacer. Eso no es paz y tampoco es paz negociaciones que nunca han dado resultados efectivos.

La seguridad, “se ha retrocedido en seguridad ciudadana porque se pierden jóvenes”. Jóvenes que se están perdiendo en las filas del ejército, prestando un servicio militar obligatorio. Prometen generar empleo, ójala estos empleos sean bien pagos, un mínimo que permita cubrir necesidades básicas. Una salud digna, donde no debamos pedir citas con meses de anticipación para que nos receten acetaminofén.

Lo cierto es que Colombia quiere y necesita un buen presidente, alguien que ejerza su poder de la mejor manera posible. El cual brinde empleos con salarios y condiciones dignas. Paz, una economía buena y estable. Excelente servicio de salud, buena educación y sobre todo, igualdad.

@VickyCa27

 

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Martes, 05 Noviembre 2013 19:54

Malditos bogotanos

A mí me cuesta mucho creer que en Bogotá viva gente decente. Y la poca que vive es tan exigua que rara vez uno tiene el placer de tropezársela por la calle. Bogotá es hoy en día el pueblo más grande de Colombia, con un bus rojo que transporta gente sudorosa aplastada contra los vidrios y un montón de hampones merodeando por ahí buscando a ver qué pendejo se encuentran para robarle con descaro sus pertenencias. Uno en Bogotá solo está seguro dentro del carro, con los vidrios arriba y el seguro de las puertas ajustado, en Andino, Unicentro o Hacienda Santa Bárbara. O en el apartamento o en la oficina. Andar por las calles de esta capital resulta un sacrificio para todos los que intentamos sobrevivir a los atropellos de todos esos pizcos que dicen ser bogotanos y que lo son -en últimas-  sin importar de qué pueblo vengan. Si viven aquí, entonces son bogotanos.

No importa si usted es peatón, conductor de automóvil, moto o tiene la desdicha de andar en carro blindado. En Bogotá nadie está ni seguro ni tranquilo. A diario uno debe sortear los abusos de todos esos que dicen ser “gente de bien”, pero que en realidad resultan ser unos malditos bogotanos. El que se cruza los semáforos en rojo a medio día, el que se estaciona en una calle principal, el que no cruza por los puentes peatonales, el que bota la servilleta por la ventana del carro, el maldito que no usa nunca las direccionales, el torpe que no sabe que las cebras fueron pintadas para que la gente pase sobre ellas cuando el semáforo lo indique. El pendejo al que se le olvida respetar la fila, la bruta que no entiende que las sillas en los buses no son para la que use los tacones más altos sino para la persona que más la necesite. El animal que baja los vidrios de su Spark engallado, se pone unas gafas falsificadas y sale por la calle con el reggaetón a todo volumen. El tipo que pispea a cuanta vieja con jean ajustado y sin bolsillos traseros deambula por ahí.  

No hay derecho. No se puede vivir en una ciudad invadida por tanto guache. Pero es que la vaina no es solamente de los ciudadanos, también es de la institucionalidad y la eficiencia de sus funcionarios y de sus obras publicas. Calles estropeadas, sin demarcación, semáforos inservibles y otros innecesarios. Puentes averiados, alcantarillas destapadas, indigentes lavando los vidrios de los carros y hasta supermercados instalados en los semáforos más concurridos y tediosos.  Si usted quiere agua, cigarrillos, la prensa o un poco de marihuana sólo tiene que detenerse en un semáforo y esperar la oferta del día.

Si después de cada una de mis columnas me han tildado de maricón, de ladrón y hasta de uribista resentido, entonces que ahora me tilden de clasista, pues no me extrañaría, incluso creería, que por fin acertarían en tanto insulto que lanzan sobre mi nombre en un torpe intento de afectarlo. Que una parte de mis lectores me insulte y me envíe correos ofensivos no me perturba, más bien me alegra, me divierta. Lo que sí me perturba es la misma señora obesa que intenta limpiar el vidrio de mi parabrisas de lunes a viernes en el semáforo de la 79 con Caracas. Y el problema no es que me lo limpie, el problema es que no lo limpia, lo ensucia, lo engrasa, lo estropea y tiene el descaro de solicitar dinero por enmugrar el vidrio de mi parabrisas. “El trabajo no es deshonra” diría mi abuela en un acto inmenso de compasión que la caracteriza. Si la señora con sobrepeso quiere fidelizar su clientela, entonces que se preocupe por de verdad limpiar los vidrios que, por suerte, deben detenerse en su puesto callejero, que utilice el producto indicado, que sea cordial, que se muestre profesional. Esa vaina de despertar pesar a cambio de unas cuentas monedas me resulta irrespetuoso.

Bogotá es el destino para muchedumbre en busca de un mejor futuro, en busca de estabilidad y oportunidades. Sin duda esta ciudad puede ofrecer lo que toda esa gente busca. Trabajo, estudio, circunstancias bien aventuradas que le faciliten el progreso a quien lo busque con trabajo y compromiso. Y el problema no es que nosotros los recibamos aquí con gusto y, en mi caso, con resignación, sino que lleguen y la aprendan a querer. Yo escucho a diario gente lamentarse de la clase política, de la clase alta, pero nunca de la gente que atenta contra el buen vivir. No creo que sean los políticos los que conducen borrachos o los que se roban las alcantarillas o los que le arrebatan los bolsos a las señoras desprevenidas. Las calles sucias, los parques averiados, los sanitarios públicos estropeados, los hinchas de fútbol muertos a manos de sus colegas, muchachos que le entregan su vida a la suerte por algunos segundos mientras intentan entrar en alguna estación de TransMilenio a la fuerza. Debo reconocer que vivo feliz en mi ciudad, pero no tranquilo ni satisfecho como debería vivirla. Creo que mi lugar está lejos de todo este caos, creo que debo alejarme de esta realidad cuanto antes, lo más rápido posible, antes de que algún maldito e irresponsable bogotano termine por mal obrar mi existencia.

Ahora debo vivir aquí, aunque muera de ganas por salir corriendo, aunque no soporte con agrado los excesos que provoca tanto libertino. Mis obligaciones laborales y monetarias tienen raíces lo suficientemente profundas como para mantenerme un buen tiempo en esta ciudad incoherente y díscola. Espero no estar muy viejo para poder disfrutar de una Bogotá tranquila en la medida de lo posible. Una capital con los servicios necesarios para poder vivirla con eficiencia y unos conciudadanos que no me generen temor ni asco. Quiero caminar por las calles limpias y ver gentes educadas, consumidoras de libros y respetuosas de las normas básicas de convivencia. Quiero ver hombres besándose por ahí y mujeres caminando tranquilas, sin temores ni prevenciones.

Por favor, intentemos día a día alejarnos del perverso anonimato y de la cansona y repugnante realidad de los malditos bogotanos que, con sus acciones matutinas, logran desbaratar cualquier buena acción de quien sea que quiera vivir en una tranquilidad, aunque sea temporal. Usen las direccionales, respeten las filas, no se disputen los puestos en ese aparato enorme, rojo y grotesco que dicen llamar sistema de transporte masivo. No conduzcan ebrios, y no consuman marihuana arbitrariamente. Sean felices en medio de toda esta realidad vergonzosa. 

 

Giovanni Acevedo

 

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