Martes, 18 Febrero 2020

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Viernes, 05 Julio 2013 11:35

Los mejores amigos y consejeros I parte

Recuerdo claramente ese día. Era 26 de abril de 2007. Allí fue cuando comenzó un proceso de transformación total en mi vida. Cumplía dos años exactos con mi novio Daniel y por ello era un día realmente especial. Ese día me vestí hermosa, me maquillé y alisté el regalo perfecto para la ocasión.

A pesar de que parecía un día normal, realmente no lo era. No solamente yo lo recuerdo por lo que pasó en mi vida, sino que en realidad ocurrió algo inesperado en la historia del país. Vale aclarar que durante el día nunca me di cuenta de eso, únicamente cuando llegué a mi casa y escuché las noticias. Ese día, por un error técnico en la ciudad de Medellín, a las 9:58 horas se produjo uno de los más grandes apagones eléctricos del país que duró más de cinco horas. Así como ese apagón fue la noticia y la decisión que Daniel tomaría y me diría ese día.

Comenzó diciéndome que la noche anterior no había sido un buen momento para él. Que no había podido dormir por pensar en nuestra relación. Que estaba confundido y no sabía que sentía. Que una cosa y que la otra. En conclusión, después de verlo que le costaba mucho pronunciar esa frase que quería pronunciar, le ayude y le dije que si quería terminar. Su respuesta fue que sí y yo la respeté.

 Empecé a llorar como nunca antes porque en verdad lo quería mucho. Fue mi primer novio oficial y me había apegado mucho a él. Había dejado de lado a mis amigos y a mi familia por estar dedicada únicamente a compartir momentos con mi novio.

Cuando le pregunté por la razón de su decisión, me dijo que no la tenía clara. No sé por qué pero dentro de mí algo me decía que había otra persona. Yo le pregunté si ésta existía, pero él me decía que no. Yo siempre le creía todo lo que expresaba, pero ese día la duda me invadió y sabía que esa afirmación no era cierta. Le pregunté unas cinco veces más si había otra persona y a la quinta vez me confesó que sí existía.

Si antes había llorado como nunca, ahora mis ojos quedarían sin lágrimas. Me confesó que había empezado a salir con Tania (la otra persona) días antes y que no quería engañarme más.

No sé si pueda explicar ese momento, pero sentí que mi vida se derrumbaba, sentí que mi corazón quedaba en millones de pedazos y sentía que no tenía razones para vivir, sentía que no era tan buena novia y que me podrían cambiar por cualquier persona cuando quisieran. Mi identidad se vio realmente afectada con ese momento.

Después de esta noticia, no tenía fuerzas ni para sostenerme en mis pies, me senté en el piso y lo único que hacía era llorar y llorar. Daniel se dedicó a verme y con un silencio absoluto me demostró que ya no le importaba tanto como antes.

No teniendo nada más que decir, lo único que quedaba era entregar mi regalo de aniversario. Saqué de mi maleta una linda caja, color blanca, perfectamente hecha de un material bastante fino y tenía alrededor un hermoso y gigante moño, color rojo. Se la entregué y él la abrió. Su interior estaba aparentemente vacío. Daniel me miró con cara de asombro y con mirada de querer una explicación. Yo comencé a explicarle, le dije que allí había querido empacar gran parte de mi amor. Que esa caja estaba llena de besos, caricias y abrazos, y que a pesar de querer empacar todo mi amor, en la caja sólo cabía una pequeña parte de éste.

Cuando terminé con mi regalo, él me dijo que no tenía regalo para mí, pero que sabía que éste era un choque muy fuerte en mi vida y que por ello había buscado un medio para intentar ayudarme. Sacó de su mochila un libro deshojado, de hojas amarillas y con una portada dañada. Me dijo que lo leyera y que en verdad me ayudaría. Dentro de mí me dije: “por favor, ¿me va ayudar un libro? No necesito leer, lo que necesito es que me digas que vas a dejar a Tania y vas a volver conmigo”. Pero no, eso no lo iba a decir, así que sin mirar siquiera el nombre del libro lo guardé indignada y me fui llorando a mi casa. Me encerré en mi cuarto y sólo lloraba y lloraba. No tenía cabeza para nada pero en el fondo sabía que la única persona que tenía el control de mi vida era Dios y que si Él había decidido que tenía que afrontar eso, lo tenía que hacer. Sabía que mi vida seguía y que tenía que vivirla a pesar que en el fondo no quisiera.

 

Continuará…

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