Viernes, 24 Enero 2020
Miércoles, 17 Julio 2013 17:08

Cuando se apaga una vela I parte

Esta historia comienza la noche del 7 de diciembre del año 2003. Desde esa noche comprendí que una persona se debe valorar mientras está presente y no cuando se va para siempre, aunque lastimosamente su ausencia es la que nos hace notar su importancia en nuestras vidas.   

 Esa noche era luminosa y particularmente muy bonita. La gente corría, jugaba, cantaba, prendía velitas y hacía de esa noche una noche diferente, llena de alegría y de paz. Todas las personas se volcaban a las calles a festejar y a disfrutar. Mientras tanto, yo estaba en mi casa, de luto me vestía y no había fiesta que me motivara ni juego que me alegrara; al contrario, yo tenía un dolor que embargaba mi corazón y una soledad evidente en mi casa y, más que todo, en mi cuarto, un vacío que ni el peluche más grande ni el helado más gigante me podía llenar. A pesar de estar triste y sentirme sola, mi familia me acompañaba, pero yo me encerraba en mi propio dolor e ignoraba el que estaba presente en ellos. Yo quería llorar y desahogarme de todos los sentimientos que me embargaban, pero no podía; al contrario, la amargura se había apoderado de mí y nada iba hacer que saliera fácilmente.

 Mi vida continuó y seguí mi rumbo, pero cada vez que amanecía sentía un vacío que era inevitable. Ya no estaba quien se mantenía verdaderamente pendiente de mí. Realmente me faltaba alguien, no mi empleada, sino quién me recordara que a alguien le importaba más que por una nota o por un permiso.

 Sentía un gran desespero por todos los errores que cometía por causa de su ausencia, que más que una ausencia por una necesidad material era una ausencia espiritual. Sentía que me faltaba ese alguien que todas las noches escuchaba mis larguísimas confesiones y me acompañaba en mi obsesión por jugar stop o cuadrito. Realmente era la única que jugaba conmigo y lo disfrutaba.

Ese vacío tenía nombre propio, Carol Sáenz, mi prima. Ella era más que una prima, una hermana o una amiga, ella era simplemente mi otro yo. Sabía todo de mí, qué ropa me gustaba, qué comía, qué no; sabía mis profundos miedos y conocía la forma como yo iba actuar. Es que ella en verdad era mi hermanita, parecía que hubiéramos crecido muy juntas. Y hoy, es para mí muy difícil volver a estar sola y saber que una persona como ella jamás encontraré.

 Fue bastante particular la manera como ella llegó a mí vida a pesar de conocerla por ser primas. Todo ocurrió una noche en la que ella llegó muy tarde a mi casa. Mi mamá la guió hasta mi cuarto e hizo que ella se acostará al lado mío sin que yo lo notara. Al día siguiente yo desperté primero que ella y realmente me asusté, no lograba reconocerla, sin embargo, yo seguí durmiendo porque era muy temprano y no quería despertarla. Luego de unas horas volví a despertar y ella ya no estaba. Me levanté y bajé hasta la cocina y allí estaba. Me asombré porque no sabía qué estaba haciendo Carol en mi casa. Subí hasta el cuarto de mis padres y les pregunté, ellos me respondieron que ella necesitaba trabajar por unos días y, pues, mi mamá necesitaba que le ayudaran en la casa y no encontró problema en decirle que viniera. Yo no le vi ningún inconveniente en que se quedara en mi cuarto y compartiéramos algunas cosas. En un principio había cierta timidez entre nosotras, pero ya después de un tiempo se convirtió en confianza y en una amistad, más que amistad, una hermandad que me hizo quererla mucho. Ella me ayudaba en trabajos, me mantenía mi cuarto impecable y hacía que dejara malas palabras que a mi corta edad ya tenía.

 Carol vivió con nosotros bastante tiempo, bueno no sé ni cuanto, pero para mí fue mucho. Mis papás se encariñaron con ella demasiado gracias a su decencia, responsabilidad y buen desempeño. Mi mamá nunca tuvo queja alguna de ella y siempre la trató como a una hija y no como a una empleada. Mi cariño y entrega total a ella fue muy rápida ya que siempre tuve y sigo teniendo el sueño frustrado de una hermana mayor, pero que sólo lo fuera por algunos años; una hermana en quien pudiera confiar, que me apoyará y me diera los consejos que yo necesitaba.

 Pero como dicen por ahí: no hay felicidad completa, y para mí eso es completamente cierto. Cuando por fin me sentía muy bien por todo, por mi colegio, por mi familia y porque tenía la hermana que siempre había querido, ocurrió algo que debía esperarse, Carol se fue y me dejó sola, pero igual nos seguíamos hablando y me visitaba a menudo. En una de esas visitas fuimos a comer helado, me contó que se había enamorado y que quería hacer cosas nuevas para su vida. Después de ese encuentro quedé muy tranquila y seguí con mi vida normal.

 Un día mi mamá llegó muy angustiada a la casa y me contó que mi prima estaba muy enferma y la habían hospitalizado. Después de semejante noticia quedé fría y lo único que pude preguntar fue: ¿qué le pasó? ¿Por qué está hospitalizada? 

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Lunes, 17 Junio 2013 23:06

Incertidumbre - I parte

Era un día como cualquier otro de principios del año 2005. Lo único anormal fue que ese día salí a hacer unas vueltas con mi hermano Jahir. Recuerdo que eran muchas y por eso mi papá nos había prestado el carro. La noche empezaba a caer y durante el día había notado un poco extraño a mi hermano, así que le pregunte:

-¿Qué tiene? Todo el día ha estado muy raro.

- No, Nata, nada- dijo en un tono extraño.

Hubo un silencio inmenso porque yo sabía que él no estaba normal y que algo malo pasaba ya que no me quería contar. Luego de unos minutos, Jahir me dijo:

-Nata, yo le voy a contar algo, pero prométame que lo va a tomar con calma y sobre todo que no le va a contar a nadie, especialmente a mi mamá.

-Jahir, ¿qué pasó? No me asuste.

Él se quedó callado por un momento que verdaderamente, para mí, fue eterno porque no entendía qué era lo que estaba pasando. Íbamos camino a casa, él estaba manejando y yo me encontraba en la silla junto al conductor. De repente frenó el carro, me miró y me dijo:

-Nata, para mí es muy difícil contarle esto porque yo sé quién es su papá para usted, pero creo que es lo más conveniente. Hace unos días yo tuve el computador de Marce (mi papá) y vi una carta que él escribía para una mujer que no era mi mamá-.

Fueron muchos los sentimientos encontrados, verdaderamente sentí que mi mundo en ese momento se derrumbó porque esa persona que para mí era perfecta, de hecho era mi ídolo, se convirtió en un monstro. En ese instante quede asombrada, sinceramente no lo podía creer. No me dieron ganas de llorar, solo me quede quieta, con la mirada perdida y con mil pensamientos en la cabeza.

Aún después de unos años no sé cuanto tiempo pasó en ese instante ni tampoco qué eran todas esas cosas que me decía mi hermano, pero de un momento a otro solo sentí ganas de ver esa carta, así que le dije a mi hermano que me la mostrara. Tuvimos que ir a la casa de Marcela (mi cuñada) porque era ella quien tenía esa hoja. Cuando bajó a entregarnos el papel, me saludó y yo no le respondí. Admito que fui un poco grosera, pero verdaderamente no tenía ganas de hablar, solo quería leer.

Me bajé del carro, me senté en un andén frente a su conjunto y con lágrimas en los ojos comencé mi lectura. Cada frase que leía me lastimaba más y más el corazón, no podía creer que ese papá bueno y perfecto que me había regalado Dios escribiera esas palabras para una mujer que no era su esposa.

Cuando terminé, me encontraba muy mal, lloraba inconsolablemente y mi hermano se acercó a tranquilizarme. Cabe resaltar que para mi hermano esta situación no fue tan dura como para mí porque él es hijo de mi mamá, pero no de mi papá.

Luego de unos minutos, Jahir me dijo que fuéramos a la casa, pero en verdad yo no quería porque no sabía cómo iba a mirar a mi madre a los ojos. Aún más difícil sería actuar de manera normal frente a mi papá. ¿Cómo ser la misma de siempre con él si me había enterado que tenía otra mujer? Esa era la pregunta que rondaba siempre en mi cabeza. Pero había algo que tenía totalmente claro y era  que iba a ser muy difícil guardar ese secreto, el cual por unos cuantos meses no me dejarían la conciencia tranquila.

El tiempo pasó y mi mamá aún no sabía nada, yo muchas veces intenté hablar con mi papá, pero como era de esperarse él siempre me negó todo.

Las peleas no se hicieron esperar y mi madre ya estaba sospechando. ¿Por qué? Difícil saberlo, pero supongo que por ese sexto sentido que tenemos las mujeres.

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