Viernes, 03 Abril 2020

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Jueves, 13 Abril 2017 11:30

Mentalidad Genocida

Por Juan David Torres

Meses atrás, quien fuese elegido como el “gran colombiano” aseveró en un foro en Madrid que la Unión Patriótica se “autoexterminó” (Ver nota). De la misma manera con la que se justifica la violencia de género, este sujeto apeló al tan mentado “se lo buscó” o “dio papaya” para explicar la barbarie. Sin embargo, no hay por qué sorprenderse. Este ha sido, por décadas, el argumento de marras para subestimar –y hasta negar– el genocidio político en Colombia.

Steven Dudley, en su obra Armas y Urnas, afirma que la sociedad colombiana condenó a la UP a perecer desde antes de su surgimiento como partido político. De hecho, en 1983, un año antes del pacto de La Uribe, la tercera persona más popular del país, según encuestas, era el general Landazábal, conocido por sus diatribas contra los comunistas, de quienes espetaba que eran asesinos por naturaleza, guerrilleros y enemigos públicos a los que se debía exterminar sin remilgos. Guardadas las proporciones, el general era el “gran colombiano” de la época.

No en vano, Dudley recuerda las invectivas de Landazábal para argumentar que el mayor enemigo de la UP no disparó una sola bala contra alguno de sus miembros.

Este enemigo se encuentra allende los sicarios o los mismos autores intelectuales. Va más allá de esa red acéfala de destrucción – Estado, paramilitarismo, narcotráfico, terratenientes – que menciona Andrei Gómez - Suárez en su disquisición sobre los bloques perpetradores que aniquilaron a la UP. (Ver) No se le puede personalizar en una u otra figura que legitime el genocidio político. Después de todo, estas no son más que una consecuencia del verdadero enemigo. El problema no está en uno u otro “gran colombiano” sino en la sociedad y en la forma en la que esta ha sido educada, la cual justifica y normaliza el genocidio político.

Ahora bien, ¿quién es este enemigo? Gómez-Suárez trabaja profundamente el concepto de la mentalidad genocida en Colombia, el cual ha sido examinado a profundidad por autores como Robert Jay Lifton para el caso de la shoah judía en la Alemania nazi. Esta mentalidad encuentra sus condiciones de posibilidad en una sociedad que normaliza la violencia como medio para resolver sus conflictos, estigmatizando a quien piensa diferente y legitimando la barbarie. Fue esta mentalidad el enemigo que nunca le brindó a la UP una oportunidad para aclarar su origen, aquel que siempre se comportó como esa “fuerza letal que entra a matar” que tanto deslumbra a algunos senadores. La mentalidad genocida especula, generaliza y atribuye propiedades peyorativas a los movimientos sociales de manera arbitraria. Es una mentalidad que ve en el bullying su esencia. Esta considera que unas vidas humanas valen menos en la medida en que persiguen ciertos ideales, determinando quiénes son ciudadanos “de bien” y quiénes no. De esta manera, si ocurre el exterminio, es porque las víctimas no tuvieron en cuenta estas reglas de juego.

En este sentido, la reflexión sobre la mentalidad genocida atañe al conjunto de la sociedad. De nada sirve señalar culpables y responder con la misma moneda, estigmatizando, generalizando e insultando de vuelta a los que padecen de esta mentalidad. Estas conductas anulan el diálogo, algo deletéreo para la democracia. En realidad, un país que busca reconciliarse requiere de una reflexión de fondo que intente dar cuenta de por qué se normaliza la violencia clasificando a los seres humanos, restándoles valor selectivamente. Es algo urgente, máxime cuando estamos vislumbrando la escalada de violencia contra los líderes sociales, la cual ha dejado 156 víctimas mortales en los últimos catorce meses (Ver Nota).

Twitter. @TorresJD96 

 

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Martes, 02 Diciembre 2014 08:29

Burbuja VIP, la abstracción de las élites

 

Por: Juan Camilo Parra

Gritos de élites que quieren mantener el estatus quo de la división de clases en la sociedad Colombiana, así considero que son los llamados a no construir Vivienda de Interés Prioritario en los estratos seis de Bogotá. Los grandes avances, necesarios incluso para el postconflicto, en cuanto a reconciliación nacional, equidad y justicia se refieren, se lograrán cuando podamos tener urbes que integren todos los sectores bajo mínimos de calidad de vida.

Ahora bien, así como es imperante la construcción de equipamientos urbanos de calidad, “de estrato 6” para los estratos más bajos, y ello no es visto negativamente por la sociedad, considero un acto de cinismo que, al llevar actores sociales menos favorecidos por cuenta del conflicto armado a estos sectores, y con el objetivo de construir una Bogotá más equitativa y justa, se tilde esta medida de populista. Las víctimas del conflicto, que son quienes habitarán las viviendas deben entonces ser recibidas en procesos articulados entre la empresa privada, los ciudadanos y el Estado.

La renovación urbana, y más importante aún, los impactos de ésta en la construcción de un país que tenga a la justicia entre sus pilares de desarrollo tiene que entender, y este es un mensaje no sólo para las administraciones públicas sino también  para las élites y los privados, que la paz se construirá sólo cuando entendamos que la tolerancia y la sana convivencia no se fundamentan en entender que los ricos viven al norte y los pobres al sur, sino que todos, independientemente del ingreso económico puede tener la capacidad de vivir en cualquier lugar, y que todos estos deben tener los derechos fundamentales de vida asegurados.

Así pues, el clasismo y esta lucha de clases es absurda, en la medida en que solamente juntas, las diferentes clases pueden salir de este abrumador panorama que es la división de la sociedad Colombiana. Es tiempo de acabar con la separación de clases  amparada por la ley, construir ciudades con el Apartheid como fundamento no tiene sentido, la estratificación debería  tener sus días contados. Hay que apostarle a estratos familiares más no sectoriales.

Esta es, pues,  una invitación a la reflexión, no se puede tildar toda política que provenga de la Bogotá Humana como populista o improvisada. El sectarismo y los intereses electorales están nublando la visión de amplios sectores sociales y políticos, que ven en una simple pero destructiva oposición terca, la solución a los problemas de Bogotá. Por lo tanto, y siendo coherente, hay que revisar ciertas partes de esta política de vivienda, en cuanto se necesita establecer infraestructura adecuada para estas familias, con accesibilidad económica, además de instituciones educativas públicas. Integración social no significa sencillamente ubicar las familias en estrato 6, pero tampoco negar el debate y la construcción de políticas que apuntan a una configuración urbana más justa y además señalarlas de populistas.

T. @PJuancamilo

 

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Lunes, 21 Julio 2014 23:02

Comunicación para el cambio social

La desigualdad, el conflicto armado y la violencia social suelen ser los protagonistas del día a día colombiano. Varias poblaciones en América Latina han sido afectadas por la guerra y muchos municipios invadidos por sus beneficios agrícolas; la guerrilla y los grupos armados, desplazando a los habitantes, han cambiado la perspectiva social. Tal vez esta situación representa impotencia, pues tratar de restaurar la identidad de una comunidad que se encuentra en tales condiciones se convierte casi que en una utopía por las distintas amenazas que trae consigo. Sin embargo, desarrollar una comunicación para el cambio social, en este contexto de guerra, significa reconstruir una sociedad y volver a su cultura.

Los proyectos de comunicación que tienen como objetivo el cambio social, pretenden poner en primer lugar precisamente a aquellos sujetos afectados por la guerra, aquellos que no habían tenido voz en la sociedad; ellos mismos son quienes reconstruyen la cultura, las tradiciones, la democracia y el arte. La participación y el diálogo son los elementos principales a la hora de generar un desarrollo y un cambio social.

La elaboración y construcción de cada mensaje y contenido, está basada en la recuperación histórica, en el respeto y la participación tanto individual como colectiva. La identidad es otro punto clave dentro de la comunicación para el cambio social, puesto que los individuos, antes invisibles, empiezan a ser reconocidos por su nombre; esto sin duda resulta ser favorable para el crecimiento social y el rescate de la cultura y sus valores

El mercantilismo y el clientelismo ya no son los objetivos centrales a trabajar en este tipo de comunicación, es decir que la producción y la comercialización pasan a un segundo plano y la prioridad es cambiar las distintas actitudes, conductas o comportamientos que han sido obstáculo para una transformación social

A partir del siglo XXI la comunicación para el cambio social es establecida siendo totalmente ajena al Estado, a las iglesias, empresas privadas, medios de comunicación y demás organizaciones políticas.

Es así como la comunidad, afectada por la guerra, puede encontrar un espacio de participación, desarrollo y paz dentro de la comunicación para el cambio social, creando un tejido social confiable y responsable.

T.@lau94rodriguez

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