Martes, 18 Febrero 2020

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Martes, 23 Julio 2013 23:57

Cuando se apaga una vela II parte

Mi mamá respondió diciéndome que tenía un dolor fuertísimo en la pierna, que ya no podía caminar y por eso la llevaron de urgencias y decidieron dejarla hospitalizada.

 Ese día me angustié muchísimo y no hacía más que preguntar por ella cada vez que mi mamá llamaba desde el hospital. Tal era el mal que tenía mi prima en la pierna que decidieron trasladarla a un hospital más sofisticado que quedaba cerca a mi casa. La mamá de mi prima, Rubiela, tuvo que quedarse en mi casa y para mí era mejor porque podía saber todo lo que pasaba con mi primita en el hospital.

 La mamá de Carol me contó que lo que había pasado era que Carol estaba trabajando en una tienda de zapatos y que ella en su afán de alcanzar uno de la pared, que estaba muy alto, no se fijó que había una puntilla oxidada y terminó por chuzarse con ella en su pierna. Ella no hizo nada ese día y dejó que el dolor avanzara y sólo se tomaba unas pastillas que no le causaban mucha mejoría. Después de unos días, su pierna se tornó de un color morado y el dolor no le permitía caminar de manera normal.

 Al notar estas inconsistencias, una amiga de mi prima decidió llamar a los papás de ella y contarles todo lo que estaba sucediendo. Al enterarse de eso, Rubiela  se dirigió inmediatamente para el almacén donde mi prima laboraba y se la llevó enseguida para un hospital. Después de llegar al hospital, le dijeron a mi prima que tenía que quedarse allí porque debían hacerle unos exámenes para así poder diagnosticar qué era lo que le estaba afectando la pierna. Luego de un tiempo le dijeron a mi prima y a su mamá que Carol tenía una infección llamada tétano y que lastimosamente no existía cura alguna para esta porque ya estaba muy avanzada y para poder detenerla tendrían que amputar el órgano afectado.

 La noticia causó conmoción en mi familia. Todos nos sentíamos profundamente afectados porque era bastante cruel que ella, una chica tan joven y bonita, tuviera que pasar por una situación tan traumática, pero lo que aún nadie sabía era que faltaba algo más grave por descubrirse. La infección ya se había expandido por todo el cuerpo de mi Carol, de nada servía el amputarle su pierna porque ya tenía infectado su cuerpo.    

 En esos momentos me armé de esperanza y algo me decía que ella se iba a salvar y decidí invocar a Dios y esperar que Él nos hiciera el milagro. Recuerdo que un sábado llegó Rubiela a mi casa súper contenta porque los médicos habían notado una gran mejoría en la salud de Carol y que era muy probable que le dieran la salida del hospital el domingo. Todos felices esa noche dormimos tranquilos y el día siguiente mi mamá se fue para la iglesia con mi abuelita y Rubiela, mi hermano y yo nos quedamos dormidos. Muy temprano sonó el teléfono y yo me levanté casi dormida a contestar, cuando contesté preguntaron por Rubiela y yo pregunté ¿quién la necesita? y me dijeron que era de parte del hospital. Yo la desperté y le indiqué que debía tomar el teléfono porque la habían llamado. Ella, muy tranquila, tomó el teléfono y tuve que vivenciar la peor imagen que nunca hubiera querido ver...

 Fue bastante difícil ver a una mujer gritando ¡no, mi niña no! Verlaatacada llorando en el piso y yo sin poder hacer nada y preguntando ¿qué pasó? Lo peor es que era bastante obvio: mi prima, mi amiga, mi hermana había muerto y con ella todas las ilusiones que muchos teníamos. No entendíamos por qué el día anterior nos habían dicho que estaba mejorando. ¿Qué había pasado? Nadie lo sabía.

 Mi hermano se fue para la iglesia a avisarle a mi mamá y a mi abuelita, quienes llegaron en seguida y se encargaron de todo lo referente al sepelio. Hasta ese instante mi corazón estaba profundamente dolido, pero no había manera de llorar para deshacer ese nudo que tenía en el pecho y que me hacia sufrir más. A la hora de cremar su cuerpo se escuchaban muchos gritos de dolor que me afectaron aún más, todos estábamos muy mal y hubo algo que hizo que me impactara mucho y fue el hecho de verla después de muerta y notar cómo habían desfigurado su rostro y su cuerpo todos los medicamentos que no evitaron que se fuera de esta tierra, de esta familia, de mi vida… 

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Miércoles, 17 Julio 2013 17:08

Cuando se apaga una vela I parte

Esta historia comienza la noche del 7 de diciembre del año 2003. Desde esa noche comprendí que una persona se debe valorar mientras está presente y no cuando se va para siempre, aunque lastimosamente su ausencia es la que nos hace notar su importancia en nuestras vidas.   

 Esa noche era luminosa y particularmente muy bonita. La gente corría, jugaba, cantaba, prendía velitas y hacía de esa noche una noche diferente, llena de alegría y de paz. Todas las personas se volcaban a las calles a festejar y a disfrutar. Mientras tanto, yo estaba en mi casa, de luto me vestía y no había fiesta que me motivara ni juego que me alegrara; al contrario, yo tenía un dolor que embargaba mi corazón y una soledad evidente en mi casa y, más que todo, en mi cuarto, un vacío que ni el peluche más grande ni el helado más gigante me podía llenar. A pesar de estar triste y sentirme sola, mi familia me acompañaba, pero yo me encerraba en mi propio dolor e ignoraba el que estaba presente en ellos. Yo quería llorar y desahogarme de todos los sentimientos que me embargaban, pero no podía; al contrario, la amargura se había apoderado de mí y nada iba hacer que saliera fácilmente.

 Mi vida continuó y seguí mi rumbo, pero cada vez que amanecía sentía un vacío que era inevitable. Ya no estaba quien se mantenía verdaderamente pendiente de mí. Realmente me faltaba alguien, no mi empleada, sino quién me recordara que a alguien le importaba más que por una nota o por un permiso.

 Sentía un gran desespero por todos los errores que cometía por causa de su ausencia, que más que una ausencia por una necesidad material era una ausencia espiritual. Sentía que me faltaba ese alguien que todas las noches escuchaba mis larguísimas confesiones y me acompañaba en mi obsesión por jugar stop o cuadrito. Realmente era la única que jugaba conmigo y lo disfrutaba.

Ese vacío tenía nombre propio, Carol Sáenz, mi prima. Ella era más que una prima, una hermana o una amiga, ella era simplemente mi otro yo. Sabía todo de mí, qué ropa me gustaba, qué comía, qué no; sabía mis profundos miedos y conocía la forma como yo iba actuar. Es que ella en verdad era mi hermanita, parecía que hubiéramos crecido muy juntas. Y hoy, es para mí muy difícil volver a estar sola y saber que una persona como ella jamás encontraré.

 Fue bastante particular la manera como ella llegó a mí vida a pesar de conocerla por ser primas. Todo ocurrió una noche en la que ella llegó muy tarde a mi casa. Mi mamá la guió hasta mi cuarto e hizo que ella se acostará al lado mío sin que yo lo notara. Al día siguiente yo desperté primero que ella y realmente me asusté, no lograba reconocerla, sin embargo, yo seguí durmiendo porque era muy temprano y no quería despertarla. Luego de unas horas volví a despertar y ella ya no estaba. Me levanté y bajé hasta la cocina y allí estaba. Me asombré porque no sabía qué estaba haciendo Carol en mi casa. Subí hasta el cuarto de mis padres y les pregunté, ellos me respondieron que ella necesitaba trabajar por unos días y, pues, mi mamá necesitaba que le ayudaran en la casa y no encontró problema en decirle que viniera. Yo no le vi ningún inconveniente en que se quedara en mi cuarto y compartiéramos algunas cosas. En un principio había cierta timidez entre nosotras, pero ya después de un tiempo se convirtió en confianza y en una amistad, más que amistad, una hermandad que me hizo quererla mucho. Ella me ayudaba en trabajos, me mantenía mi cuarto impecable y hacía que dejara malas palabras que a mi corta edad ya tenía.

 Carol vivió con nosotros bastante tiempo, bueno no sé ni cuanto, pero para mí fue mucho. Mis papás se encariñaron con ella demasiado gracias a su decencia, responsabilidad y buen desempeño. Mi mamá nunca tuvo queja alguna de ella y siempre la trató como a una hija y no como a una empleada. Mi cariño y entrega total a ella fue muy rápida ya que siempre tuve y sigo teniendo el sueño frustrado de una hermana mayor, pero que sólo lo fuera por algunos años; una hermana en quien pudiera confiar, que me apoyará y me diera los consejos que yo necesitaba.

 Pero como dicen por ahí: no hay felicidad completa, y para mí eso es completamente cierto. Cuando por fin me sentía muy bien por todo, por mi colegio, por mi familia y porque tenía la hermana que siempre había querido, ocurrió algo que debía esperarse, Carol se fue y me dejó sola, pero igual nos seguíamos hablando y me visitaba a menudo. En una de esas visitas fuimos a comer helado, me contó que se había enamorado y que quería hacer cosas nuevas para su vida. Después de ese encuentro quedé muy tranquila y seguí con mi vida normal.

 Un día mi mamá llegó muy angustiada a la casa y me contó que mi prima estaba muy enferma y la habían hospitalizado. Después de semejante noticia quedé fría y lo único que pude preguntar fue: ¿qué le pasó? ¿Por qué está hospitalizada? 

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