Lunes, 20 Enero 2020
Lunes, 06 Abril 2015 13:08

Destino o Consecuencia

Por: Josué Martínez

A través de la ventana se puede ver buena parte del Centro Comercial Unicentro, al menos la parte que da a la carrera 15. Estoy en el sexto piso y la vista es amplia y agradable. Más atrás y más lejos, allá entre las montañas verdes, dos o tres grúas gigantescas se elevan dibujando imperceptiblemente nuevos rectángulos de color amarillo quemado. Edificios que van volviendo más “civilizado” el paisaje, al mismo tiempo que matan el verde vivo de los árboles. Más a la derecha hay un grupo de edificios grandes y modernos. Los edificios que quedan al frente de Hacienda Santa Bárbara. Bellísimos me parecen, no importa las veces que pase por allí, siempre me quedo absorto mirándolos, con la vista fija en el último piso. Tratando de adivinar cómo se verá todo desde allí, soñando también con algún día tener una oficina en un lugar así. Recuerdo que cuando tengo que ir a hacer algo a Hacienda, acostumbro devolverme a pie hasta la autopista norte porque, además de lo difícil que es conseguir transporte en ese sector hacia el sur; puedo tener una mejor vista de estos edificios a medida que descuento carreras mientras bajo por la calle 116. Es bastante agradable e inquietante a la vez caminar por allí. Concesionarios de autos de marcas lujosas, restaurantes elegantes y seguramente costosos, personas muy jóvenes manejando BMW, personas mayores manejando Mercedes Benz, bares al estilo de Bogotá Beer Company en ambos lados de la calle; hablando de la parte agradable (se me antoja agradable aunque no tenga posibilidades de entrar en ninguno de esos lugares). La parte inquietante es que cada vez que caminando alcanzo a alguien, ese alguien se da la vuelta para mirarme varias veces, se asusta, se hace un lado, desacelera el paso y espera a que yo lo adelante. Yo sé que la inseguridad está disparada, pero, ¿es para tanto? ¿Será que se nota mucho que no soy de ese sector de la ciudad y piensan que los voy a robar? Bueno, no sé, considero en todo caso que no tengo cara de ladrón.

Todo esto recorre mi mente a gran velocidad, mientras miro por la ventana sentado en mi oficina. De mi enmimismamiento, me saca la voz de mi jefe que me pide alguna cosa y vuelvo a la realidad. 10 o 15 documentos esperan ansiosos debajo del teclado a que yo los ingrese al sistema, varios paquetes que acaba de traer la transportadora esperan ser destapados a un lado en el piso, suena el teléfono y me avisan que llegó la persona que se va a llevar el reloj que tengo listo y empacado a un lado del escritorio, se asoma una compañera y me avisa que viene en camino una importación… y yo miro el reloj, rogando por dentro que ya sea casi hora de almorzar para poder salir de ahí o, si fuera posible, que falte media hora para que termine la jornada; sólo para comprobar con terror que son las nueve de la mañana.

Trato de dibujar este cuadro porque en momentos así viene a mí la pregunta que provocó este escrito: ¿Por qué me tocó vivir la vida que vivo? Esto no es una queja ni mucho menos de mi trabajo, ni de las cosas que hago cotidianamente. Gracias a Dios tengo un empleo que es, entre otras cosas, estable y en una buena empresa. Pero me llamó la atención que hoy sábado santo, una persona cercana trajera a colación esta inquietud. En el grupo al que pertenezco, la líder daba una bienvenida a los nuevos asistentes y les decía entre otras cosas que contaran con nosotros, los de más tiempo, que podíamos guiarlos en cosas como su propósito en la vida, la razón de la existencia, los motivos para ser feliz y a entender por qué les tocó vivir la vida que viven. Tengo claro lo que les diría si me formularan las anteriores preguntas menos la última. Y no tiene nada que ver con el propósito o la misión que tengo en esta tierra. Tengo bases morales, éticas y espirituales claras respecto de estos temas, pero me parece que cualquiera que sea mi situación o modelo de vida, el propósito y la misión siguen siendo los mismos; luego el tener claridad respecto de estas dos cosas no responden a la pregunta que queremos responder.

Hay quienes afirman que lo que soy y como vivo, depende directamente de las decisiones que tome. Hay otros que por el contrario creen que para todas las personas, todo lo que les pasa hace parte de su destino y que no hay nada que se pueda hacer para cambiarlo. ¿Qué cosa no? ¿Entonces vivo en un plan predestinado, llevado por las cosas que me van sucediendo y no sé por qué pero voy cumpliendo con un camino que ya está trazado sin poder cambiar nada? En ese orden de ideas, no importa si me esfuerzo o no, si soy disciplinado o no, si trato de comportarme bien o no; total ya hay algo escrito para mí y voy a llegar allí sea lo que sea. Un ejemplo de esto son las personas que mueren jóvenes. ¿Ese era su destino? Por más que hicieran una cosa o la otra, ¿estaba escrito que allí terminaría su paso por esta tierra?

O más bien, estamos en este mundo, con un sinfín de posibilidades y a medida que cruzamos por situaciones y circunstancias, la forma en que las afrontamos, las decisiones que tomamos y las rutas que elegimos le van dando vida a nuestro destino. Si pensamos así habrá muy pocas cosas seguras. El resultado podrá ser tan negro como blanco. ¿Entonces no hay una línea más allá de lo humano que trace un poco el camino? ¿No se le antoja demasiada la responsabilidad del hombre en este caso?

Nelson Mandela vivió 27 años en una cárcel de Sudáfrica. Y aunque la historia tiene miles de detalles, lo cierto es que algún tiempo después de su salida, fue elegido presidente y llevó a erradicar de ese país africano, la discriminación racial. Hoy Mandela es sinónimo de paz, perseverancia, disciplina, humildad y tenacidad en cualquier parte del mundo. ¿Entonces Nelson Mandela vivió un camino predestinado? ¿No importa lo que hiciera, él iba a hacer lo que hizo? ¿O más bien, las decisiones que tomó y la disciplina y el interés que tuvo por leer y aprender lo llevaron a tener esos resultados? Será que en algún momento de esos 27 años que estuvo allí, Mandela se preguntó ¿Por qué me tocó vivir la vida que vivo? No sé. Aunque creo firmemente que no podemos solos entender lo que nos pasa y que necesitamos ayuda divina para sortear cada situación; me parece que no es un asunto fácil de resolver.

Si se pregunta por qué no aprovechar este espacio para escribir sobre cosas interesantes por ejemplo para criticar el proceso de paz, o hablar del escándalo en las altas cortes, o del accidente del avión de Germanwings, o de la inseguridad y la movilidad de Bogotá o al menos del mal momento de Falcao; tranquilo, yo me pregunto lo mismo y no encuentro respuesta. Esa inquietud no se me salía de la mente mientras leía con entusiasmo el libro de columnas de Daniel Samper y tuve que sentarme a escribir. Espero que esto no lo lea mi líder porque me parece que no va a estar muy orgullosa de mí que digamos.

Twitter: @10SUE10

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Lunes, 29 Octubre 2012 10:53

Mi vida con todas las salsas

 

 

Con mis 24 años no creo que tenga mucho contenido en mi disco duro como para poder escribirles una columna profunda sobre la vida y todos sus derivados y aditamentos, es verdad cuando dicen que la experiencia es sabia y que los sabios son ancianos. Tengo claro que no soy el más experimentado, y aunque tengo unas cuentas canas, ninguna de ellases de sabio, pero para mi edad si pienso como un anciano, chocho, cansón, aburrido y cascarrabias. Muchos desconocidos se refieren a mi como un desconsiderado y malgeniado, cabron y amargado.

 

Afortunadamente son muchos más los que no me conocen bien, y son ellos los que se toman la agradable libertad de construir por mí, diferentes tipos de pensamientos y personalidades que intentan amoldarse a mi manera de ser, es divertido ver como muchos de ellos pierden su tiempo buscándole formas a mis pensamientos sobrealimentados de libros viciosos, columnas de Jaime Bayly, cintas de Quentin Tarantino y muchos, pero muchos capítulos de los Simpsons.

 

Está claro para todos que ninguno de nosotros tomó la decisión de nacer, ni de vivir, no somos responsables de nuestra presencia en el lugar que por azar sexual nos tocó respirar y envejecer mientras la gran vida goza de eternidad. Muchos se aprenden de memoria su nombre completo, numero cedula, número de teléfono móvil, dirección de residencia y la contraseña del Facebook, y ya, se levantan a diario y se consumen abusivamente el aire de los que podemos pensar y llegar más allá de las fronteras conocidas, fronteras que están esperando con impaciencia el día que cualquiera de nosotros las descubra y nos apoderemos de ellas, tal cual como lo hicieron muchos otros que ya muertos logran escabullirse de los posible reclamos que podamos tener hacia ellos. Como sea, malos o no, atractivos o no, gays o no, fueron vidas que no pasaron de manera anónima por la historia de la humanidad, fueron hombres y mujeres (Juana de Arco y algunas mas) que decidieron tomar decisiones, y eso es lo que muchos ignoran hacer.

 

Cada quien es libre de ser el fracasado que quiera ser, a nadie se le puede obligar a ser una persona exitosa, pero si a muchos es posible influenciarlos para que sean hormiguitas que caminan por todos lados cumpliendo con su rol en la sociedad, logrando con sacrificio y esmero una pensión, una casa de dos pisos y un carro no tan bueno, pero que anda. No quiero sonar acido con mis palabras, y no porque me preocupe ofenderlos, si no porque mi intención es que entiendan el mensaje que les quiero compartir hoy, sin compromiso. Mi abuela, tiene como muchas otras abuelas, una infinidad de frases populares metidas todas entre su monederito de cuero, ahorradas a través de los años. Cada vez que tiene la oportunidad, saca una de esas celebres frases y me la sampa con crudeza pero con mucho amor. “El que no oye consejos no llega a viejo” “Si quiere llorar que sea por quien también llore por usted” “Uno no es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo” etc…

 

Ella, una señora de más de 65 años de experiencia, millones de canas y muchas facultades para ser considerada una sabia, es responsable de mi temperamento y terquedad a la hora de tomar mis decisiones, y si bien a mi edad no he logrado descubrir un nuevo continente, o tomarme el poder de un país a la fuerza, ni tampoco he descubierto la vacuna contra los idiotas, si logré, lo que muchos otros hombres con discursos embriagados de testosterona y adictos al poder no lo han logrado. Yo encontré el amor de mi vida, y lo encontré sin buscarlo, yo me enamoré y logre enamorar al amor de vida, con sacrificio y decisión por supuesto, pero lo logre. Ahora que alguien me diga si a Alejandro Magno no le costó sangre, sudor y lágrimas conquistar con decisión a Fenicia, Egipto, Mesopotamia y Judea entre otros. No todos los hombres logran conquistar al amor de su vida, muchos lo ven lo dejan ir por miedo a tomar una decisión fuerte y enérgica. Grandes han logrado conquistar a otros grandes, como lo hicieron Platon y Aristoteles, el amor demanda compromiso y dedicación, sinceridad y cariño, el amor necesita dos vidas condimentadas para lograr fortalecerse lo suficiente como para perdurar en el tiempo, mientras la felicidad sea uno de sus patrocinadores.

 

Yo, aunque soy un aburrido, amargado y malgeniado bogotano con sed de ser un pésimo escritor, me gusta comerme mi vida junto con la persona que amo, degustarla y sentirla en cada gran bocado que nos mandamos en los mejores momentos, sin miedo a engordarnos y con la responsabilidad de darle pequeños mordiscos a quienes quieran hacer parte de nuestro proceso. Mi meta personal no es ser un gran arquitecto, o el más tramoyero abogado, yo no pierdo tiempo buscando la manera de ser el más grande empresario, yo ya tengo en mi vida lo que muchos hombres no han logrado encontrar, por eso mi meta personal es comerme mi vida a diario sin desperdiciar una sola morona, y con el nítido deseo, que el día que muera, no dejarle sobras a nadie. 

 

Mi vida, me la como con todas las salsas, y usted?

 

Twitter: @Acevedocol 

 

 

Fuente fotografia. mqciencia.com

 

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