Viernes, 29 Mayo 2020

Por: Fernando Vega Lugo

La suspensión de los diálogos de paz por parte del presidente Santos es una afrenta al proceso desarrollado en La Habana. No se trata de una simple pausa, sino de un termómetro con el que Santos busca equilibrar su relación con los altos mandos militares, a la vez que mide el apoyo ciudadano al proceso de paz.

Las reflexiones son muchas. No han perdido oportunidad los sectores guerreristas, para beber de la sangre y esgrimir sus reticencias sobre cada posibilidad de avances del proceso. A modo de rimbombantes “capitulaciones” o detalladas cartas de amplia difusión por la gran prensa, no cesan las conspiraciones en contra del proceso, de quienes terminan por inflar sus cuentas en redes sociales a través de chivas filtradas por medio de la inteligencia militar.

Sin lugar a eufemismos, apegados al artículo 4 del Convenio 3 de Ginebra relativo al trato debido de los prisioneros de guerra de 1949 la desafortunada retención del general Alzate encaja perfectamente en esta categoría. Dicha acción de guerra debe ubicarse al lado de la retención de los soldados de Arauca por parte de la insurgencia, los bombardeos de las Fuerzas Militares en contra de campamentos guerrilleros y con afectación a civiles, la siembra de minas antipersona, los falsos positivos, las operaciones encubiertas, entre muchas otras, como actos que por sí mismos desestabilizan los anhelos colectivos de paz que hoy permanecen en Colombia. Los actos de guerra traen siempre consigo derramamiento de sangre, y en esta ocasión, hay que pararlos.

Hay que superar algunos discursos para construirle una mayoría social a la paz. Esa recalcitrante idea de la “división interna de las FARC” impulsada por los grandes “conflictólogos” hoy se cae por su propio peso. Resulta equivocado pensar que esa supuesta realidad aceleraría la posibilidad de avanzar hacia la firma de un acuerdo de paz. Por el contrario, esa realidad haría pensar en una imposibilidad rotunda de finalizar la confrontación armada. Hoy preocupa más una eventual división en el Estado colombiano, entre unas Fuerzas Militares que parecen confiar más en los caprichos del expresidente Uribe que en las órdenes del presidente Santos, que evidencia por redes sociales y en discursos sus dificultades. Aún faltan respuestas profundas, que deben Santos, Pinzón y hasta Uribe y la inteligencia militar al país.

No puede la opinión pública pararse desde una orilla de la guerra, sino desde la profundidad de la paz. El reconocimiento del conflicto –condición necesaria para el diálogo- implica per sé la bilateralidad de las hostilidades. No pueden los cálculos militares de un lado u otro ser óbice para que no sea posible pactar hoy una tregua. La paz es un derecho fundamental y como tal debe ser defendido, ante una posibilidad inminente de pactar un cese al fuego, que por supuesto debe ser bilateral. No exigirlo de esa manera sería tal como pedirle a alguna de las partes del conflicto que deponga sus armas mientras la otra continúa con su ofensiva, donde no estaríamos ante un proceso de paz, sino ante un escenario de sometimiento.

Está entonces latente –como hace 50 años- la dicotomía entre guerra y paz. Hay que defender la paz por encima de los cálculos políticos o militares, de la legitimidad de cualquiera de las dos partes del conflicto y anteponiendo la vida humana como un principio y un valor para comprometerse con el proceso.

Hay que blindar la paz. Blindarla desde el sentido común, pero además blindarla desde la esperanza que representa el anhelo colectivo de vivir –al fin- en una Colombia en paz.

Que se dé el primer paso: ¡Que sea un cese al fuego bilateral inmediato!

@FernandoVeLugo

 

A tres años de un crimen de Estado

Este 12 de octubre se cumplieron tres años del inicio del Paro Nacional Universitario con el que el movimiento estudiantil logró frenar la fatídica reforma a la ley 30 de educación superior. Octubre de 2011 fue un mes de agitación, en el que en medio de un cese de actividades en la gran mayoría de universidades públicas del país e inéditas jornadas en buena parte de las privadas, apenas un mes después de iniciado el Paro, Santos se vio obligado a anunciar el retiro del proyecto.

“Así haya protestas, así puedan levantarse algunos a criticarla, esa íntima convicción que usted tiene y que yo también tengo, vamos a sacarla adelante… y esa reforma ¡Se va a volver ley de la República!” decía un Santos petulante a comienzos de octubre que ante la soberbia que le caracteriza, jamás aceptaría su fragosa derrota.

Para siempre va a quedar el recuerdo de la victoria de la MANE, pero también la vergüenza de un régimen que intentó silenciar la voz rebelde de una juventud que se permitió disentir de las lógicas actuales de la universidad colombiana. Es sabido que el color del que se ha teñido la historia del movimiento social en Colombia es el inclemente rojo de la sangre que ha inundado carreteras, campos, avenidas y universidades; y que a veces pareciese desteñirse en un olvido en el que se reemplazan muertos y, como con la muerte Uriel Gutiérrez conmemorando la de Gonzalo Bravo Pérez, nos encontramos el 12 de octubre de 2011 con el asesinato de Jan Farid Cheng Lugo. Diez días antes –el 2 de octubre-,  habían sido detenidos Jorge Gaitán, Carlos Lugo, y Omar Marín, dirigentes estudiantiles de la Universidad Surcolombiana y, el último, de la Uniamazonía.

No se va a llenar el calendario, pero el 11 de octubre tendrá para siempre la dolorosa mancha del crimen de Estado contra Jaime Pardo Leal en 1987; mientras el 12 de octubre, conmemorando el genocidio más cruento contra la América indígena, intentará que no se olvide nunca que la sonrisa de Jan Farid no se apagó ese día de 2011, sino que quedó eternizada en la victoria del movimiento estudiantil que desnudó la doble vergüenza de Santos.

La dicotomía hoy, a tres años del crimen de Estado contra Jan Farid Cheng Lugo es impunidad contra memoria. Pero no en términos legales, sino desde la certeza de que sus sueños, por más intentos que hicieron, no lograron ser vilipendiados ni marchitados. Su muerte no significará el olvido de su creencia en que una Colombia nueva es posible, pero además de que esta generación no pasará la página, sino que la ampliará lo que sea necesario por exigir la libertad de nuestros presos y por honrar la memoria de nuestros muertos.

Será este un aporte más del movimiento estudiantil a la construcción de la paz estable, duradera y democrática en nuestro país.

@FernandoVeLugo

 

 

En Colombia, cuando alguien pareciese haber llegado al extremo de lo ridículo, llega alguien más o menos importante, a demostrar que toda estupidez es susceptible de ser superada. Así, los deseos de María Fernanda Cabal de ver a Gabo en el infierno con su gran amigo Fidel, se ven superados por algún “astuto” que sugiere que Nuestro Nóbel no es colombiano, sino mexicano. Por supuesto, detrás de ello está un profundo desconocimiento de la persecución que lo llevó a buscar otro lugar para vivir, claro está, sin salir de su patria, la cual describió al recibir el Nóbel en esos magníficos párrafos de “La Soledad de Nuestra América”.

Sin embargo, la historia de su exilio, pocas veces antes relatada en nuestro país, es apenas una de muchas que se encontraron en México, Cuba o cualquier otro lugar en el que fuera posible hacer una vida lejos de las feroces dictaduras del Cono Sur o la poco amable democracia Colombiana.

Dentro de los exiliados colombianos en el exterior hay unos célebres y otros no tan célebres. Tal vez, la historia más destacada y cargada de valentía la ha protagonizado Aída Abella, quien con su retorno ha desafiado toda la maquinaria estatal y paraestatal que un día la obligó a dejar el país. Pero como Aída y Gabo, hay muchos Juanes, Pedros, Carlos, Marcos, Sandras, Esperanzas y Claudias que se vieron obligados a dejar sus seres queridos, para huirle a la cárcel o la muerte, simplemente por ser dignos hijos de una patria manoseada.

Aún hoy, Colombia es un país que pierde a sus mejores hijos. Unos, con oportunidades se van a cosechar fortunas y triunfos. Otros, obligados, huyen del anhelo de hacer de este un país donde la convivencia y la esperanza no sean disonantes y donde los sueños y las cárceles o las motosierras no sean consonantes.

Pero somos un país tan mediocre, que no basta con desechar a los mejores hijos, sino también a los “peores”. Mientras el régimen político, las Fuerzas Miliatares y los grupos paramilitares han condenado literatos, artistas, escultores, académicos y luchadores sociales a huir de Colombia; la clase política, con un gran consenso entre ellos, ha decidido concederle al vecino del norte el derecho a solicitar nuestros “peores” hermanos en extradición.

En esas extraditaron a Leder y amedrentaron a Pablo Escobar y los Rodríguez Orejuela, generando con ello una gran oleada terrorista por parte de los carteles de Medellín y de Cali para presionar porque no extraditaran a sus jefes. La Constitución del 91 prohibió la extradición de nacionales colombianos, pero la presión de los vecinos del norte hizo que en una de esas incontables reformas a nuestra Carta Política, ésta se volviese a permitir. Con ello, se extraditaron también otros “capos” del narcotráfico.

Luego, en medio del discurso de la “guerra contra el terrorismo” se extraditó a Simón Trinidad y a Sonia, guerrilleros de las FARC que, paradójicamente, no son juzgados en el país por hechos propios de nuestro conflicto armado interno, sino que en procesos bastante irregulares y bajo condiciones infrahumanas son mantenidos en cárceles norteamericanas.

Vino la extradición de los jefes paramilitares. Toda una cachetada a las víctimas que saben que este hecho representa una afrenta a la posibilidad de verdad, justicia y reparación integral. Y ahora, les dio por enviar también a unos atracadores que, en un hecho desafortunado, no le hicieron “paseo millonario” a un parroquiano cualquiera del norte de Bogotá, sino a un agente de la DEA -la agencia norteamericana a través de la cual se gestionan y ejecutan buena parte de los recursos norteamericanos dedicados a financiar la guerra antidrogas en Colombia-.

¡Un despropósito total! Es desgarrador escuchar las súplicas de estos delincuentes por no ser extraditados, sino por ser juzgados por la coja justicia de su país. Un exabrupto jurídico, pero además un hecho carente de todo sentido humanitario.

Hay que revertir esta política y repatriar colombianos. A los que se hastiaron de la persecución política –nuestros mejores hijos-; pero también a quienes la mediocridad de nuestro sistema judicial envió a podrirse a cárceles gringas –que hoy parecen ser los peores-.

No hay tumbas en Colombia, ni para Gabo, ni para Simón Trinidad, Sonia, Don Berna, Leder, Omar, Héctor, Emiro, Juan, Francisco o José. A cambio muchas cárceles en Estados Unidos, pero además escondites en todo el mundo, porque en Colombia no hay lugar para algo por fuera de la mediocridad que ha gobernado desde 1830. En el país de lo absurdo, habrá algún día que reclamar el derecho a morirnos en nuestra propia tierra

 

@FernandoVeLu

“Once y treinta, madrugada, estudiando estaba Juan
Cuando un grupo encapuchado violentaba su hogar, violentaba su hogar
Su familia se despierta y no entiende lo que pasa
¿Por qué a Juan lo han esposado y han registrado la casa, y han allanado la casa? 

Juan no llega a los veinte, piel de esta generación 
Él es universitario, estudiante de educación”

Carlos Lugo, canción “8 y 9 de Junio”

El pasado 1 de abril la Audiencia Nacional española condenó a dos años de cárcel al rapero Pablo Hasél porque, supuestamente, sus letras "instan al odio". Ese mismo día un juzgado de Florencia (Caquetá) negaba la libertad por vencimiento de términos al cantante huilense Carlos Lugo, detenido desde el 2 de octubre de 2011, junto con Omar Marin, Jorge Eliecer Gaitán, Omar Cómbita y otra decena de activistas de la paz y los derechos humanos en Huila y Caquetá. Esto ocurrió un día después de que la Mesa Amplia Nacional Estudiantil determinara la "hora 0" de inicio del paro que derrotaría la reforma a la ley 30.

Jega, como cariñosamente es llamado Jorge Eliecer Gaitán, dos días antes había sido elegido miembro del Comité Ejecutivo Nacional de la Federación de Estudiantes Universitarios, organización de la que nunca ha dejado de ser parte, al igual que Lugo, quien siempre adornó con su tono y versos en cuanto evento participó de la FEU.

Nos hicieron mucha falta en el Paro Universitario de 2011, y tanto Jega como Lugo solo pudieron estar presentes de corazón en la celebración del triunfo estudiantil que, en su momento, ayudaron a construir. La voz de Carlos además se oyó el 23 de abril de 2012 en el marco del lanzamiento de la Marcha Patriótica, cuando el salsero Yuri Buenaventura interpretó, en medio de una Plaza de Bolívar rebozada, la canción que meses atrás él había compuesto para el naciente movimiento.

Tampoco estuvieron en el Paro Agrario de agosto de 2013, que seguro habrían apoyado desde la Universidad Surcolombiana llevando el sentir estudiantil al campo de su región, mientras Carlos acompañaba las veladas campesinas con su guitarra y su canto. Eso sí, sabemos que desde el encierro apoyaron y reflexionaron sobre todo esto, más cuando al dirigente agrario Hubert Ballesteros, en pleno paro, lo detuvieron como a ellos.

Llevan ya más de 30 meses presos, sin que medie condena alguna en su contra. Su caso es la caricatura de la ausencia de toda clase de garantías. En medio de la persecución política, evidencian una amenaza al pensamiento disidente y múltiples violaciones a los derechos de los presos.

Aunque con delicados problemas de salud, Carlos sabe que sus canciones suenan en cada velada, viaje, reunión o asamblea, lo cual lo inspira a seguir escribiendo y tocando la guitarra. Mientras tanto, al otro lado del Océano Atlántico, a otra voz libre pretenden apagarle los micrófonos.

En la democrática España de Rajoy y Juan Carlos, Pablo Hasél enfrenta ahora un juicio político como el de Lugo, aunque condenado con algo menos de dilaciones en el proceso. Tanto Carlos como Pablo siguen empuñando el canto por la emancipación, la dignidad, la alegría y la solidaridad. Sus canciones son ya referencia para entonar de a miles consignas por la libertad de todos los prisioneros políticos y de conciencia del mundo.

Esperamos ansiosos el día en que Pablo Hasél y Carlos Lugo se encuentren en la libertad. Posiblemente ambos desconocen la historia del otro, pero seguro si algún día la saben, compartirán alguna tarima, al menos arengando por un mejor mundo posible y estrechando los brazos de la solidaridad, que hoy se abren hacia todos esos “infames” que cometen ese “gravísimo delito” de soñar.  

Decía Mercedes que “si se calla el cantor, se calla la vida”. Hay que impedir que la canción sea silenciada, la alegría perturbada y la palabra censurada. Hay que seguir cantando, rapeando y, ante todo, haciendo que los sueños perduren con esa “letal arma” que son los versos libres. ¡Que no se calle el cantor! ¡Que no se calle la vida!

@FernandoVeLu

El ambiente que se ha generado previo a las elecciones de este domingo nueve de marzo parece indicar que la composición que tendrá el Congreso de la República electo para los próximos cuatro años, poco y nada tendrá de novedoso. El panorama político parece con las cartas tendidas sobre la mesa y, salvo extrañas sorpresas, el santismo a través del Partido de la U y el Liberal tendrá una cómoda mayoría, de casi un tercio del Congreso, que le permitirá mantener la gobernabilidad que necesita.

La “oposición” de la ultraderecha en cabeza de Álvaro Uribe Vélez no lo tiene tan fácil. Con sus “cuadros” prófugos de la justicia, cuando no sometidos a ella, el uribismo recurre como relleno de sus listas a analistas y personas vinculadas a los medios de comunicación, así como alguno que otro gamonal local. Cierto sí es que la campaña presidencial que hizo Uribe para el Congreso, no le va a alcanzar para tener las mayorías a las que le apunta, pues gran parte de sus viejos amigos en la U, el Conservador y hasta Cambio Radical, siguen comiendo la pega de la mermelada.

El Partido Conservador, con una apuesta astuta a la presidencia, en donde se logró conciliar entre santistas y uribistas con una opción que posa de independiente (aunque más uribista no podría ser), pero que representa las banderas del Partido que hace cuatro años llevaba en la misma vía Noemí Sanín, busca al menos mantener sus 22 senadores, aunque el fortalecimiento del Partido Liberal y “la U” a través de Santos, posiblemente disminuyan su caudal electoral.

Los demás partidos de la Unidad Nacional, probablemente se mantengan sin novedades también, como Cambio Radical y Opción Ciudadana (otrora PIN), que entre los dos pueden volver a sumar entre once y doce senadores.

Las cuentas empiezan, de ahí para abajo a complicarse. En medio del más recientemente show mediático, es factible que MIRA reduzca su votación y pase al ras el umbral, lo que le permitiría meter apenas dos senadores. Lo interesante a analizar estará dentro de las alternativas, puesto aunque el Partido Verde oficialmente hace parte de la Unidad Nacional, la reconfiguración del panorama electoral de los sectores alternativos de la política colombiana ha logrado colar varios matices entre los verdes. No obstante, muchos de ellos, restándole al Polo, al menos nominalmente.

De los actuales senadores del Polo Democrático, tan sólo Robledo y Alexander López podrían aspirar de nuevo a una curul por este partido. Iván Moreno, Avellaneda, Camilo Romero, Gloria Ramírez y otros están apoyando candidaturas de la Alianza Verde, salvo el primero quien se vio envuelto en el escándalo de la alcaldía de su hermano en Bogotá. Todo ello puede complicar los cálculos electorales del Polo, en donde sin embargo se han perfilado candidaturas fuertes como la del representante a la Cámara Iván Cepeda y la del dirigente social y agrario Alberto Castilla, entre otros.

En la Alianza Verde hay cosas interesantes. Están por una parte los Progresistas que ya se mencionaban y otros verdes “puros” del antiguo Partido Verde, en el que converge la gente de Peñalosa, de Mockus y de Lucho Garzón, entre algunos otros. Lo interesante allí está en la vinculación también de la Unión Patriótica por medio del gran Carlos Lozano, un defensor de la comunicación pública y luchador incansable por la paz, quien busca en la Alianza Verde llegar al Senado posicionando una idea de paz quizá disonante en la colcha de retazos verde. Entre estos y el Polo pueden sacar seis o siete senadores que, seguramente, sacarán a la Alianza Verde de la Unidad Nacional y podrán consolidar un escenario interesante de oposición parlamentaria.

El reto de todos estos, sin embargo, no está en la supervivencia electoral. Las prácticas clientelistas y politiqueras del juego electoral colombiano no permiten realizar apuestas más ambiciosas para las alternativas. Por ello, no cabe ningún análisis sobre las posibilidades en Cámara de Representantes, escenario aún más restringido al voto de opinión y más ligado a gamonales y terratenientes locales. La reaparición formal (porque nunca despareció) del paramilitarismo pone en evidencia los riesgos del ejercicio político en Colombia, lo cual debe guiar las apuestas de las fuerzas políticas en su conjunto hacia la recomposición de la política nacional en su conjunto.

El Congreso electo el 9 de marzo debe ser para la paz. Difícilmente, el parlamento de la mermelada santista y la motosierra uribista logre serlo. Por ello, es la capacidad de sumar en la construcción de una idea profunda de paz y solución política que confronte la arremetida neoliberal y guerrerista q           ue pueda emerger del “nuevo” Congreso de la República, será crucial para construir, desde el fortalecimiento de la lucha social nuevos referentes unitarios que permitan derrotar la politiquería y el clientelismo y resignificar el ejercicio de la política en Colombia.  

T.  @FernandoVeLu

No comparto tus ideas, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarlas

                               Voltaire

Mucho se habla en la gran prensa sobre la difícil situación venezolana. También salen a flote preguntas y respuestas de lado y lado. Osan los grandes contradictores de la Revolución Bolivariana en cuestionar la falta de garantías para la movilización y la organización de la oposición en el hermano país. La pregunta carece de contenido cuando la hacen quienes durante mucho tiempo han callado ante el exterminio de movimientos de izquierda en Colombia, falsos positivos judiciales contra dirigentes sociales, escándalos en las fuerzas militares, represión policial a la manifestación ciudadana y criminalización de todo tipo. No se trata entonces de esbozar un argumento del tipo “…ah pero en Colombia también”. En nuestro país no hay garantías para la oposición política, tampoco para el movimiento social y menos para el movimiento estudiantil que hoy tiene tres presos y aún llora impunemente a Jan Farid Cheng Lugo, Oscar Salas, Martín Hermández y Johny Silva, entre otro centenar. Nada dice la gran prensa ni los renombrados twitteros.

El tema es que lo que pasa en Venezuela, desde cualquier punto de vista, es doloroso. Hay vidas humanas de por medio y, lo más triste, hay responsabilidades políticas por tales muertes. Del hermano país y de su revolución se pueden cuestionar muchísimas cosas, incluso desde la izquierda, pero lo que allí ha quedado claro es que las garantías para la oposición política en la civilidad y la paz abundan.

La paradoja de Venezuela es bien interesante. Mientras en Puerto Rico, Chile y Colombia, entre otros países de la región, los estudiantes se organizan para pedir gratuidad, aumento en la cobertura, autonomía universitaria y calidad educativa, en Venezuela marcha una parte de ellos en contra de la “dictadura” que destinó el 5% del PIB para educación y  aumentó la cobertura universitaria en casi el 100%. Hay que apoyar las demandas de los estudiantes en Venezuela, pero estos no son apolíticos, luego hay que apoyarlas siempre que se orienten hacia la defensa de lo público (no su destrucción), valorar su entusiasmo para la movilización y demás virtudes, pero lo que no se debe pensar es que el estudiantado venezolano es una masa uniforme que va en pleno por las calles venezolanas en contra de Maduro. Hay, en toda Venezuela, más de 600.000 estudiantes universitarios, de los cuales el 90% se encuentran en normalidad académica, aún cuando varios de ellos han participado también en las enormes movilizaciones del chavismo. Esos, en varios estados, también han sido reprimidos, perseguidos… y asesinados en medio de esta coyuntura.

Ha quedado demostrado que el “cuarto poder” ha jugado un papel trascendental en todo esto. Podrán salir más adelante los grandes analistas de la acción colectiva a decir que el fenómeno venezolano se gestó en Twitter, pero lo que es cierto es que la gran prensa ha tenido un rol trascendental. Se recogen imágenes en las que se muestran disturbios en Siria, Egipto y hasta España, con el fin de denunciar los “niveles de represión” en Venezuela, se han distorsionado imágenes y, ante todo, se ha fragmentado la información creando un cerco mediático en torno a lo que pasa en las calles venezolanas.

Claro que ha habido abusos policiales, no solo contra la oposición, también contra el chavismo en varias zonas del país y, por supuesto, todos son condenables; pero es claro que hay responsables políticos de todo esto y no son quienes hace dos meses ganaron las elecciones por un millón de votos, sino quienes las perdieron y hoy, de manera irresponsable, llaman al pueblo al odio y a la violencia.

Es apenas un deseo que Venezuela recobre su estabilidad política, que abra el necesario camino para la reconciliación y el trabajo mancomunado por seguir avanzando, por ejemplo, en la superación de los retos del milenio, tal como lo reconoce la propia UNESCO y, por supuesto, que la situación política actual, no sea una excusa más para que sea tema de discusión en la OTAN una intervención militar al país hermano, curiosamente también, muy rico en reservas petroleras.

Así las cosas, hay que aunar esfuerzos y solidaridad para que cese la represión, en donde quiera que la haya, pero ¡ay Venezuela!, que el camino siga siendo el diálogo, la participación electoral del 80% del censo, la movilización pacífica y la soberanía, para que toda injerencia extranjera se vaya al carajo y los amigos de ella no vuelvan jamás.

 

@FernandoVeLu

Santos viajó a Davos a vender el país. Esta afirmación pareciese provenir de un lugar común en los discursos en contra de las bondades del libre comercio. Pero no. Fue la frase que literalmente dijo el presidente de Colombia el 22 de enero en Madrid antes de viajar al Foro Económico mundial[1]. No son nuevas estas intenciones, pues ellas son la esencia misma de sus locomotoras importadas, como importada es ahora en el país la papa, el café, la ropa, los zapatos, etc. Luego, el país que Santos vende, es además un país condenado a la miseria, al atraso, al olvido, luego, un país moldeado por él y los suyos para el saqueo.

El rimbombante Foro Económico Mundial, que reúne a la crema y nata de la sociedad económica global, es más de lo mismo. Es un escenario cínico, en donde se resalta el crecimiento de las llamadas "economías emergentes", se exaltan las posibilidades que existen en tales países para que los inversionistas transnacionales concentren su atención en prometedores mercados y se fortalezcan relaciones entre estos y los gobiernos de distintos países.

Para Santos fue una buena tribuna. Pudo exhibir algunas cifras que le favorecían, sacar pecho con las dádivas que existen hoy en el país para inversionistas extranjeros -principalmente en el sector minero-energético y en el de las telecomunicaciones- y, además, hablar del tema de las drogas que empieza a discutirse en el marco de los diálogos de paz con las FARC-EP. Sin embargo, el hilo conductor en la política económica exterior colombiana lo encontraría en la presentación de la Alianza del Pacífico, el proyecto regional mediante el cual se intenta reeditar el fracasado ALCA, para el cual cuenta además con su gran aliado Enrique Peña Nieto, con quien además comparte agenda común frente al tema de las drogas ilícitas.

Se viene, sin embargo, otra reunión más importante para el gobierno de Colombia. Se trata de la Segunda Cumbre de Presidentes de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), a celebrarse, ni más ni menos, que en La Habana. La presencia de Colombia en el naciente organismo, al igual que la de los demás aliados de Washington en la región es crucial para medir el alcance de las decisiones y las perspectivas de este escenario.

Esta vez la discusión girará en torno a la presencia militar estadounidense en Latinoamérica y el Caribe, volverá a estar sobre la mesa el bloqueo a Cuba, aparecerá también un debate sobre el espionaje realizado por los Estados Unidos y, estará la discusión sobre la integración de Puerto Rico a la CELAC. En términos económicos, los más desprendidos del "vecino del norte", posiblemente insistan en propuestas como el Banco del Sur o la creación de una empresa petrolera latinoamericana, mientras que seguro Santos y sus amigos Peña Nieto y Humala plantarán distancias a través la Alianza del Pacífico, proyectos claramente encontrados.

Lo crucial de este espacio para Santos tiene que ver también con las posibilidades de fortalecer el respaldo regional al proceso de paz, el cual inició años antes que los mismos diálogos con gestos como la mediación de Chávez para la liberación de retenidos en poder de la insurgencia. Pero, reconociendo la importancia del escenario, tendrá también Santos que moverse un poco más lejos del Pentágono y algo más cerca de la Patagonia y del Orinoco a la vez, es decir, más lejos de Key West y más cerca de Varadero. Algo muy difícil para el presidente que antes viajó a Suiza a vender al país y un incondicional de los Estados Unidos.

Habrá que ver entonces cómo resuelve Santos su agenda internacional, la cual ha sabido llevar con demagogia y saludos a la bandera, sin tomar un centímetro de distancia con la banca multilateral y sin trascender en la integración con los vecinos latinoamericanos y caribeños.

El proceso de paz, celebrado también -¡Ah coincidencia!- en La Habana impone una agenda que, gústele o no a Santos o a quien quiera, obliga a tomar decisiones de trascendencia. El viraje en las relaciones internacionales es una condición sine qua non para la construcción de paz, entre muchas razones, por el papel de los Estados Unidos en el conflicto colombiano. El paso de Santos de Davos a La Habana es el tránsito de un discurso en política económica ligado al libre comercio y a la entrega del país a las transnacionales, hacia uno de paz cuya voluntad carece de gestos, pues la paz son cambios también en la política económica del país.

T. @FernandoVeLu

[1] "Voy rumbo a Davos, al Foro Económico Mundial donde se reúnen los dirigentes del mundo, políticos, y económicos, todos los años, para intercambiar opiniones y tratar de discutir hacia dónde va el mundo. En el caso de los países como Colombia, para atraer inversión, vender el país."(Negrilla fuera del texto) En http://wsp.presidencia.gov.co/Prensa/2014/Enero/Paginas/20140122_11-Palabras-del-Presidente-Juan-Manuel-Santos-en-el-encuentro-con-la-comunidad-colombiana-residente-en-Espana.aspx

La discusión sobre el mito fundacional de nuestro país pareciese estar abierta. Quizá el debate, incluso, sobre la existencia nuestra como nación, en el concepto original de la palabra, lo está. Francia encuentra su mito fundacional en la revolución de 1789, Inglaterra en la Revolución Gloriosa  de 1688 o los Estados Unidos en su declaración de independencia del Imperio Británico en 1776. Todos ellos encuentran allí sus “héroes” (casi nunca heroínas), como también los argentinos en San Martín, los uruguayos en Artigas o los cubanos en Martí.

En nuestro país hay apenas héroes inofensivos y heroínas convertidas en simples “acompañantes” de gloriosas gestas militares. Se dice inofensivos porque son desdibujados por completo de su carácter político y casi nunca son presentados en la dimensión histórica que correspondió a sus triunfos, debates y traiciones; mientras ellas, en el relato machista, son presentadas únicamente ligadas a anécdotas propias de un extraño romanticismo de la guerra. Esa es la historia que se enseña en primaria y secundaria y, también, la que se rescata en los museos en los que se destacan las partidas de naipe o las aventuras pasionales, la misma historia que no explica la independencia de Colombia desde el rechazo al saqueo y la explotación, sino desde la caída de un florero. Por allí empieza la disertación sobre el mito fundacional de Colombia.

Ahora bien, esa historia mal o no contada, se relata de tal forma en función de alguien. Siempre han existido ganadores y perdedores y bien es sabido que los primeros son los que dejan los relatos para las generaciones venideras. Lo mismo pasa acá. Quienes en su momento salieron airosos, hoy son los mismos que han contado esa historia de a pedazos. Las enormes diferencias políticas entre El Libertador Bolívar y el General Santander, van más allá de pensar que uno es el padre del conservatismo y el otro del liberalismo, pues lo que se puede hallar al hacer una lectura un poco menos lineal de la historia es que ambos partidos tradiciones son fundados por grandes amigos de Santander.

Sin muchas explicaciones históricas, hay que entender que el debate entre Bolívar y Santander no era simplemente un debate entre el militarismo y el civilismo, sino que fue una disputa entre concepciones diferenciadas de la independencia, no en vano algunos también de carácter “militarista” dentro del santanderismo orquestaron sublevaciones en contra de Bolívar y, posteriormente, dieron muerte a quienes recogieron su legado, como lo ilustra el asesinato orquestado por José María Obando al Mariscal Sucre.

Sin embargo, el debate no pertenece exclusivamente a la historiografía, es aún más cotidiano. Éste puede partir por pensar la idiosincrasia colombiana a la luz de nuestra realidad política. Idiosincrasia, por principio leguleya como Santander, anclada a la norma, para cumplirla sin sentido y en público y para desobedecerla por avaricia y en privado. Ese es el legado de Santander, el legado de la promesa nunca cumplida de que las leyes traerían la libertad, porque lo que orquestaron de ellas Santander y sus secuaces, fue la disolución de la Gran Colombia y, con ello, la consolidación de los nuevos verdugos, los mismos que abrirían las puertas para convertir las nacientes y pequeñísimas repúblicas en neo colonias de imperios ya advertidos por Bolívar.

Colombia es hoy un país cundido de abogados con título y sin título, donde “hecha la ley, hecha la trampa”, en el que la justicia cojea y no llega; es además una sociedad que pretende resolver todos sus problemas por medio de leyes mal hechas, no por nada se encuentra gobernada por un digno representante del santanderismo como Juan Manuel Santos, quien recoge casi que de manera ortodoxa los “méritos” del general Santander.

La institución más desprestigiada del país, el Congreso de la República, curiosamente en la que se hacen las leyes, produce más de cien normas por año. Ni hablar también de la corrupción en la administración de justicia o del carrusel de los magistrados. Pero, probablemente, lo más particular de todo ese santanderismo, está en el entierro de la “presunción de inocencia”, orquestado por medios de comunicación promotores del populismo punitivo, del ejercicio de la política a través del código penal y de versiones unilaterales del conflicto armado.

Así las cosas, recomponer hoy Colombia pasa por reconstruir su idiosincrasia, ligada profundamente a su manera de entender la historia, el fetiche por la legalidad y el culto a la traición. Repensar un orden de cosas, ligado a lo legítimo por encima de lo legal hace parte de una discusión que atraviesa todas y cada una de las esferas de nuestra cultura y vida propias como sociedad.

Bien dice Fernando González que “el Libertador no fue ni puede ser héroe nacional, sino continental”. Por allí habría que empezar el ejercicio.

@FernandoVeLu

Enero es un mes de pasar guayabos. El guayabo físico y el llamado guayabo moral, se hacen sentir con fuerza en una nación empobrecida y que encuentra en las fiestas decembrinas un alivio y un paréntesis a un año agobiado por problemas que encuentran en el cambio de año, una eterna promesa de cambio de vida. Pero como toda fiesta, cobra factura, la de diciembre, llega en enero.

Quizá el primer trago amargo que se toma en diciembre es el aumento del salario mínimo, aunque se siente, obviamente, hasta enero. Este año será de $616.000, es decir, $26.500 de más recibirán las familias colombianas que sobreviven con el salario mínimo, que pasó de $19.650 diarios a $20.533. Parece una inocentada propia del 28 de diciembre y sus albores, pero no lo es. Lo peor de todo es que es una historia que año tras año se reedita, con los “representantes de los trabajadores”, al comienzo,  mostrando los dientes con ilusorias pretensiones que al paso del tiempo se van difuminando y, aunque usualmente el aumento es fijado por decreto presidencial, esta vez, se supone, hubo acuerdo. Claro, un acuerdo entre la CGT de hoy y la Andi, es como un acuerdo entre dos barras bravas de un mismo equipo.

Las afrentas de Santos a los trabajadores parecen no tener fin. Apenas un día después de anunciarse el pírrico aumento del salario mínimo, continuaron las malas noticias, pues lejos de resolver las grandes problemáticas del sistema de salud colombiano, sumido en una profunda crisis, este apenas se ajusta de manera irrisoria. Así, se anunció la eliminación del 8.5% en aportes a la salud que deben hacer los empleadores, con el objetivo, siempre presente, de “generar empleo”, cuando lo que se busca, realmente, es continuar lanzando salvavidas a las EPS y al capital financiero.

Y como si no bastara con el pírrico aumento del salario mínimo y las salidas por la tangente en un paupérrimo sistema de salud, se esfuman también las expectativas de pensionarse. Se sabe que en 2014 aumenta la edad de jubilación, pues ésta pasará a ser de 57 años para las mujeres y de 62 para los hombres; además, deben tenerse las 1.275 semanas cotizadas, que en 2015 pasarán a ser 1.300. Es claro entonces, que cada vez se hace más ínfima la posibilidad de pensionarse en Colombia.

Con esas noticias empieza el año. Claro, con otras más. El rifi-rafe jurídico-político de la destitución de Petro, la persecución al movimiento social y, bueno, también conductores borrachos y accidentes en carreteras para la bandeja de la gran prensa, que deja de lado el aumento del precio de la gasolina, el transporte público, los alimentos, los arriendos, etc.

Sin embargo, el guayabo que en estos momentos se siente en las más de 22.000 familias que en Colombia medio viven con un salario mínimo o los más de 5 millones de trabajadores que ganan menos que eso, está mediado por los afanes y desesperos de completar una larga lista o más de útiles escolares, comprando uniformes y zapatos, a la vez que pagan altos costos de matrículas en colegios y universidades. Todo en enero.

Así empieza un 2014 que apenas reedita la angustia de años anteriores, prolonga deudas y, cómo no, reduce esperanzas. Lo cierto es que ante ese oscuro panorama, el año que empieza llama a pasar el guayabo de este enero con un Sal de Frutas de luchas urbanas en torno al aumento salarial y cambios de fondo en el sistema de seguridad social (salud, pensión y riesgos profesionales).

Ya en los años anteriores han parado trabajadores universitarios y también de la industria minero-energética, lo propio han hecho funcionarios de la administración de justicia. Se debe y se puede en este año, poner los primeros ladrillos para la recomposición de un sindicalismo coherente, alejado de vicios y clientelas y, aunque suene redundante, del lado de los trabajadores. 

@FernandoVeLu

 

Las garantías para el ejercicio de la oposición política en Colombia están amenazadas. En realidad, nacieron muertas. Se agrava esto cuando tampoco hay garantías para la opinión, mucho menos para la investigación científica y académica; luego, hablar de democracia en la Colombia de Juan Manuel Santos, es hablar de otro falso positivo más en cabeza suya.

El 2013 fue el año de la movilización social, pero pese a que significó un repunte importante para la protesta callejera y para las organizaciones populares, también a estas les costó caro. Los dardos fueron de todo tipo. Dieciséis (16) muertos y doscientos sesenta y dos (262) detenidos, tan solo en el marco del Paro Agrario y del Catatumbo. A ello hay que sumar un sinfín de persecuciones y señalamientos, lanzados por el propio Santos y su ministro de defensa en contra de las organizaciones que impulsaron la movilización social en 2013.

Nada sorprende. Generalmente un doble discurso es una doble moral. Los poderosos de este país, y Santos es uno de ellos, saben bastante de eso. A la vez que se habló en La Habana, durante la primera mitad del año, de democratizar el acceso a la tierra, se impulsó la ley de baldíos en consonancia con el manejo concentrado de ésta que hoy impera; y mientras en la segunda mitad del año se habló de garantías para la participación política, se reprimió la protesta ciudadana, se destituyó al alcalde Petro, se le dieron plenos poderes al Procurador en respuesta a la tutela interpuesta por Piedad Córdoba, y además se apresó Huber Ballesteros -miembro del Comité Ejecutivo de la CUT, vicepresidente de Fensuagro y vocero de los campesinos en medio del Paro Agrario- y, ahora, al profesor universitario y dirigente social, de toda la vida, Francisco Toloza, miembro además de la dirección nacional de la Marcha Patriótica.

La “combinación de todas las formas de lucha”, de la que tanto se acusa a la izquierda colombiana, la viene aplicando el régimen desde hace bastante tiempo. Participan en elecciones, pero además compran y venden votos, también persiguen, destituyen, inhabilitan, desaparecen, matan… y encarcelan, es decir, matan dos veces. De ello surgen varias consideraciones. Quizá la más importante y significativa tiene que ver con las posibilidades democráticas que hay en Colombia para construir un proyecto alternativo de nación. Si en el país se pretende avanzar realmente hacia la reconciliación y la paz, el lenguaje del odio, es decir, la política a través del miedo, deberá desaparecer. El discurso del terrorismo, que tiene tras sí una larga lista de cuestionamientos académicos y políticos, no puede servir para descalificar al contradictor político en una democracia.

Hoy las paradojas saltan a la vista. El gobierno prefiere financiar reclusos que estudiantes, aún cuando los primeros le cuestan $5.425.000 al año, mientras que a los segundos les invierte apenas la mitad. Además, no solo le quita el presupuesto a las universidades, también autonomía, les cercena la libertad de cátedra y… les quita estudiantes, como tantos que han sido asesinados, exiliados y encarcelados. También les quita docentes. Claro, no sólo con la política educativa en la que hay más profesores de hora cátedra que de planta, sino también apresando y señalando perspectivas críticas como las que han defendido desde las aulas, los pasillos y las cafeterías universitarias muchos, así como Francisco Toloza, quienes encuentran sus delitos en la opinión, en la participación en política, en el ejercicio del derecho a protestar y a disentir. Es decir, en aportar desde la academia a la construcción de un mejor país, en el que, mínimamente, la opinión no sea un delito.

Seguramente la coyuntura electoral que se avecina, tratará de obviar muchas de las discusiones de fondo que se abrieron en 2013, pero lo que es cierto es que deberá servir para reflexionar sobre la existencia misma de la democracia. Quedó agendado en La Habana convocar un debate sobre el estatuto de la oposición, pues habrá que iniciarlo cuanto antes y la primera garantía debería ser el cese de la criminalización del pensamiento disidente y necesariamente tendrá el gobierno que dar gestos de buena voluntad. El más sincero de todos, sería la libertad de las y los presos de conciencia. 

Nota: ¿Será que la CIA también ayuda a construir y emplear bombas inteligentes contra los dirigentes sociales?

@FernandoVeLu

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