Miércoles, 11 Diciembre 2019

Hasta nunca Chávez

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No seamos hipócritas que eso no le queda bien ni al más caribonito de este nuevo siglo que apenas comenzamos a vivir hace trece años. Yo por lo menos, aunque lo que yo haga poco o nada le importe al resto de la humanidad, no voy a llorar ni a lamentar la muerte de un tipo tan despreciable, desagradable y temible como el canalla de Chávez. De algo tenía que morir, era apenas justo para Venezuela y nosotros, sus vecinos. Su muerte no es otra cosa que un milagro (no creo en milagros).

Ya estaba claro que la vergüenza, la pena, el cargo de conciencia por ser el tipo feo y tramoyero que siempre fue nunca logró matarlo. Era inmune a cualquier sentimiento que intentara hacerle recapacitar de su improcedente actuar. Lo que sí me deja un poco triste es que su muerte fuera el resultado de una enfermedad que no dependiera de ser transmitida sexualmente. Si así fuera muy seguramente la señora Piedad Córdoba estaría en este momento infectada y de paso el señor Maduro infectaría a Evo Morales y al presidente del bonito país del Ecuador, y a su vez al de Nicaragua. No sé, pero nunca nada es perfecto. Nunca pasa lo que yo escribo, lo que yo calculo.

No es, desde ningún punto de vista, una tragedia la muerte de un dictador y patrocinador de iguales. Tragedia sí fueron sus 14 años en el poder, tiempo suficiente para darle vida y solidificar la dictadura que ahora hereda al mastodonte de Maduro. Tragedia fue su existencia, su rostro desordenado y su cuerpo desproporcionado. Bueno, digamos que fuera un tipo malo, cruel, manipulador, aprovechado y demás; pero no satisfecho con eso el tipo era supremamente desagradable a la retina de muchos y a los oídos de unos tantos más.  

La gente pobre intelectualmente es la misma gente rica emocionalmente. Esa incalculable riqueza los hace perfectos para cumplir como extras en todo el show que vemos por las cadenas de noticieros alrededor del mundo. Por eso ver tantas personas llorando y caminando a paso lento detrás de un féretro vacío es apenas normal. En mi país sucedió algo parecido cuando el cuerpo del narcotraficante Pablo Escobar le fue entregado a la tierra para que los gusanos culminaran el trabajo de la policía.

Lo preocupante de todo esto es que la muerte de Chávez no es suficiente para que Venezuela se libere del chavismo. Nicolás Maduro, Elías Jaua y Diosdado Cabello, entre otros, siguen vivos y con sed de poder y de dinero. Lo bueno es que no soy venezolano, soy a pesar de muchos, colombiano.

Creí en algún momento tener la desdicha de conocer a Chávez en la posesión de Juan Manuel Santos, pero para la alegría de pocos y frustración de otros el animal ese nunca llegó a la Plaza de Bolívar y en su reemplazo envió al que ahora hace sus veces en el poder ejecutivo de su país. Maduro es grande, aparenta ser muy fuerte y muy recio. Digo "aparenta" porque no tuve la valentía de querer siquiera saludarle. En esa época llegué a pensar que si me atrevía a saludarlo podría terminar arrestado en Venezuela por atentar contra la seguridad de alguien. De lejos lo vi conversando con lagartos de la política colombiana, con esos que se dicen abusivamente llamar políticos. Y los vi conversar amenamente, con una tranquilidad casi que natural, aún cuando por esas fechas las relaciones entre los dos países estaban muy deterioradas. Es importante precisar que en política la hipocresía es una virtud supremamente respetada y necesaria. Eso no quiere decir que todos los políticos la ejerzan con descaro como lo hace Roy Barreras.

Como yo no tengo un Dios a quien encomendarle ni suplicarle ayuda, entonces solo me queda esperar paciente a que Maduro sea un tipo medianamente inteligente y tranquilo, que no se le de por revolucionar nada y que mejor se dedique a enderezar lo que dejó torcido el comandante difunto del Chávez. Ojalá lo haga y lo haga bien, con buena intención.

No le puedo desear a Chávez que descanse en paz, porque no le será posible. 

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Giovanni Acevedo

Bogotano irreverente, sincero, directo y crudo para decir lo que piensa. Escritor, columnista crítico y promotor del voto joven, del voto inteligente. Para muchos políticos, una piedra en el zapato, una fastidiosa realidad.

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