Martes, 07 Abril 2020

prueba.jpg

Quiero ser el mejor asesino

Written by
Rate this item
(0 votes)

CAPÍTULO 1
Tengo mis manos bañadas en mi sangre, tengo mi rostro sudoroso, mi corazón quisiera salirse de mi cuerpo. Estoy escondido en una casa que desde pequeño ha estado desocupada, siempre le tuve miedo, nunca quise hasta hoy entrar en ella porque no sabía que podría llegar a ocurrirme en un sitio invadido por la soledad, la oscuridad y el frío. Ahora no les temo, ahora ellos son mis acompañantes, están conmigo sin importarles nada.

Afuera escucho sirenas, tengo miedo, no quiero que me encuentren, no sé por qué hice lo que no debí hacer. Me temo a mí mismo porque no me arrepiento de nada ni siento culpabilidad, encuentro a mi temor un poco satisfactorio para mí mismo, me gusta sentirlo, me gusta sentirme buscado y perseguido por personas que no saben que me buscan ni me persiguen. Me temo.

DOS HORAS ANTES

Hace dos horas mi madre me llamó y me pregunto a qué hora llegaría a casa, me preguntó si tenía conmigo la campera en cuero que me regaló en diciembre, hace dos horas le pedí que me dejara en mi cuarto un pan con mantequilla de maní y mermelada de mora. Hace dos horas mi mamá estaba viva.

Me estoy tomando este café oscuro y sin azúcar, lo acompaño con pan untado con mantequilla de maní y mermelada de mora, me estoy dando valor y fuerza, estoy intentando estimularme y lo hago sacando el lado bueno de lo que puede llegar a venir, de lo que puede llegar a pasar después de lo que pueda pasar.

El café se terminó antes de que yo lo esperara, el vaso quedó vacío, y un vaso vacío no es nada, un vaso vacío es solo eso. Doy pasos lentos pero mi corazón late tan fuerte como si hubiera tenido que soportar el esfuerzo físico que requiere correr un largo trayecto, como si me hubieran perseguido durante horas varios hombres con la clara intención de matarme, o tal vez desmembrarme vivo. Como si estuviera a punto de subirme en alguna atracción mecánica de algún parque de diversiones. Paso a paso me acerco a ti, me acerco a lo que creo querer y quiero querer, quiero tomarme el tiempo suficiente para pensar algo que no tiene mucho qué pensar, algo que no necesita más que ganas y nada más, pero lo quiero pensar, lo quiero pensar. Tengo las ganas, tienes las ganas, estamos esperándonos, me estás esperando.

Aquí los únicos testigos somos nosotros mismos, no me interesa que nada de esto sea un tema del que tengan que hablar los demás porque los demás no son más que los extraños que se roban lo único que a mí me gusta y no pienso compartirlo con otra persona, con ninguna.

En este momento mi corazón late mucho más fuerte que antes. Pareciera que llevo corriendo varias horas sin descansar, ya casi me alcanzan, mi corazón late muy fuerte, esta atracción de diversiones está a punto de despegar, no recuerdo el momento en el que me subí, tengo una salida pero no la quiero usar, estoy aquí porque quiero y porque lo deseo, porque lo pedí y tú me lo concediste. Gracias.

Me encanta este momento. No quedó registrado en fotografías, pero quedó en mis labios, en mis recuerdos y en estas letras. Quedó en mi cuerpo, en el tapete blanco de esa habitación cómplice, esa habitación muda y ciega.

Pensé mucho antes de tomar esta decisión, quise que el dolor no estuviera presente porque le temo más de lo que le pueda llegar a temer a una vida miserable, una vida de esas que no les importa nada, de esas que solo caminan porque si no lo hacen no tienes nada más que hacer. Le temo al dolor y a mi vida, pero más al dolor.

Son las dos de la mañana de un día que para muchos puede ser importante, para otros será solo un día más, o un día menos, o simplemente no será nada. 

De este sitio salgo con una campera de cuero negro, con un bolsillo de cada lado lo suficientemente grande como para guardar en uno la codicia, la venganza, que muchos dicen que es dulce; y el odio; y en otro una pistola, no doy sus características porque no sé nada más de ella que lo necesario. Sé que dentro de ella hay siete balas, sé que para que funcione debo halar del gatillo apuntándole a lo que sea que quiera matar.

Tengo también un cuchillo de cocina. No sé por qué lo llevo, pero es mejor llevarlo, he leído que los asesinos siempre tienen un cuchillo, tal vez eso le da algo de emoción al que lee, así que por eso decido llevar en el mismo bolsillo en donde cargo la pistola un cuchillo untado con mermelada de mora y mantequilla de maní.

Llevo caminado no más de diez minutos, los suficientes como para pensar en que tal vez esto que estoy a punto de hacer no es lo más acertado, tal vez no es la salida, pero pensar a veces no funciona, yo no estoy buscándole la salida a nada.

Decido seguir caminando, darle la cara al viento. No sé si estoy siguiendo el destino o estoy actuando en contra de él. No importa. Tengo la impresión de que todos los extraños con los que comparto las calles por donde camino saben exactamente lo que voy hacer, lo saben como si estuvieran dentro de mi plan, como si lo hubiéramos planeado juntos en varias noches con tazas de café oscuro y cigarrillos.

Parece ser que todos en esta casa están durmiendo. Ninguna de las luces están encendidas exceptuando la del cuarto de la abuela, ella dejó de caminar hace algunos años y de oír cuando, duchándose, se resbaló y se golpeó muy fuerte en la cabeza. Muchos pensaron que moriría porque la encontraron varias horas después y había perdido mucha sangre. Pero no murió. Se resistió a dejar este mundo. No tengo llaves de la casa así que entro por la ventana de la cocina, que da a la parte de atrás de la casa. Antes de eso me pongo unos guantes de látex, he leído que no restringen la movilidad de las manos, son mejores que los de cuero.

En la cocina decido sacar de la heladera la mantequilla de maní y un poco de mermelada de mora, con mi cuchillo las unto sobre un suave pan.

Guardo el cuchillo de nuevo dentro del bolsillo y empiezo a caminar directamente al cuarto en donde estás, al mismo tiempo voy comiéndome el pan untado. Las cortinas están abiertas, eso le permite a la luz de la luna entrar y reflejarse sobre los muebles y las escaleras, la luz de la luna le da vida a mi sombra, mi sombra es muda y ciega. 

La segunda puerta del pasillo está entreabierta, puedo ver a la abuela dormir, le apago la luz y sigo hasta la última puerta.

Está acostada y dormida, tiene el pelo suelto.


Saco del bolsillo de mi campera el cuchillo, lo empuño y sin darle largas y rompiendo con el suspenso hago que mi cuchillo entre en todas las partes de tu cuerpo que él pueda. Recuerdo golpearte en la cara cuando empezaste a gritar pidiendo una ayuda que no llegó. Ahora estás en tu cama desangrándote y muriendo lentamente.

Ahora estás muerta, ya tu cuerpo no tiene vida y si aún tiene, debe ser mínima, insignificante. Creo y me debes estar agradeciendo por el crimen que acabo de cometer, creo y debes estar orgullosa de mí.

Los guantes de látex se rompieron y el cuchillo se dobló, pienso que los cuchillos para un asesino deben ser mucho más resistentes y creo que no volveré a usar guantes de látex.


Giovanni Acevedo

Read 2997 times
Giovanni Acevedo

Bogotano irreverente, sincero, directo y crudo para decir lo que piensa. Escritor, columnista crítico y promotor del voto joven, del voto inteligente. Para muchos políticos, una piedra en el zapato, una fastidiosa realidad.

www.facebook.com/giovanni.acevedo.73?fref=ts
More in this category: Tu recuerdo Soy Rosita la putita

Palabras Sociales - www.palabrassociales.org

Bogotá - Colombia Cel: (57) 3105601719