Jueves, 12 Diciembre 2019

Quiero ser el mejor asesino # 2

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CAPÍTULO 2

 

Hace dos meses despedí a mi madre en un cementerio de la cuidad que se niega siquiera a pensar, a tener como una remota posibilidad que yo pude ser el autor de su homicidio. 

Intento no recordar la escena de la que yo fui protagonista esa noche, intento solo seguir viviendo a mi modo, intento no matar. A veces pienso que sería mejor suicidarme y terminar con esto que muy seguramente va a empeorar a medida que siga escribiendo y a medida que ustedes sigan leyendo. No le encuentro explicación a mi maligna necesidad de matar. No sé por qué el sentir morir a una persona en mis manos me satisface, me hace sentir una plenitud que no puedo describir, me siento realizado. Me rehusó a seguir con esto, pero mi falta de voluntad es muy débil en comparación con la fuerza que tiene el deseo a matar.

Después de entregarle el cuerpo de mi madre a la tierra, decidí irme lo más lejos posible e intentar así olvidar lo ocurrido y darme la oportunidad de hacer una vida normal, o lo que muchos llaman una vida normal. Quiero estudiar para ser un cocinero profesional, me encanta combinar sabores y desarrollar aromas inconfundibles, quiero también formar una familia y morir por decisión de los años y la vida. Eso quiero, por eso tome un autobús y la herencia que me correspondía de mi madre y estoy en esta ciudad como un forastero. La abuela decidió esperar la muerte en la casa donde mi madre creció y murió, ella dejó un poco de dinero para vivir su espera. 

Desde que estoy en esta nueva ciudad estoy en un proceso de adaptación, me dicen muchos que es normal sentirme triste de vez en cuando y que en algunos momentos mis deseos más fuertes sean regresar a mi ciudad. Pero no me ha pasado. Aquí la tristeza no me encuentra y mi único deseo es matar. Hace dos días maté al perro de una señora que me pedía el favor todos los días de sacarlo a darle un paseo por el vecindario. Decidí matarlo por dos razones. La primera, y pienso la más importante, es poder saber si matar un animal me producía la misma satisfacción que un humano, la segunda era quitarme de encima el favor abusivo que se había convertido casi que en una obligación diaria.

La policía me investiga.


DOS DÍAS ANTES

A veces en las noches lloro la muerte de mi madre, me hace falta, creo que no merecía morir, pero recuerdo los deseos que tenia de matarla y la satisfacción que tuve el día que eso pasó y el llanto se acaba. No me siento enfermo, no creo tener ningún tipo de trastorno mental que explique mis deseos incontrolables de quitarle la vida a otras personas. Cuando decidí matar a mi madre lo hice no porque tuviera el complejo de Edipo, quise que ella fuera mi primer victima porque vivía conmigo, porque conocía la casa, porque conocía a nuestros vecinos y había desarrollado un plan para que mi culpabilidad fuera improbable ante de los ojos de los demás. No quiero ser juzgado por asesinato, no quiero terminar el resto de mi vida en medio de traficantes, violadores y asesinos en una cárcel sucia y oscura. Tengo planes como cualquier otra persona, metas y sueños por cumplirme.

Hace dos días decidí estudiar todos los temas que encontrara en la web y tuvieran alguna similitud con mi caso. No está dentro de mis posibilidades hacer uso de los servicios de un psicólogo porque sé, me delataría con la policía. Así que me armé con una computadora, algunos libros, una cafetera, muchos cigarrillos y hojas de papel en blanco. Con pan fresco, mermelada de mora y mantequilla de maní.

Tengo una lista de los asesinos más famosos de la historia, de los asesinos en serie que se conocen, porque hay muchos que están caminando en las calles como lo hace usted o como lo hago yo.

Albert De Salvo fue conocido como el estrangulador de Boston. El violó y le quitó la vida a trece mujeres. Seis de ellas tenían entre 55 y 75 años, cinco entre 19 y 23 y dos más de 85 y 69 años. Los investigadores a los que les fue designado el caso empezaron su trabajo llamando a interrogación a todos los hombres con antecedentes en el ámbito sexual: exhibicionistas, mirones y violadores. Finalmente De Salvo fue capturado después de varias descripciones físicas que concordaban hechas por ciudadanos que dicen haber llamado a la policía alertándola de la presencia de un hombre extraño en los vecindarios. Estuvo en la cárcel y murió a manos de su compañero de celda por múltiples puñaladas.

Entre las anotaciones que hice después de leer sobre el estrangulador de Boston, estas son para mí las más importantes y de vital atención en la formación del mejor asesino.

Las trece mujeres fueron asaltadas sexualmente de una manera brutal y reiterada. La policía encontró en las casas de las trece mujeres un claro interés por parte del asesino en hacerles creer que el objetivo inicial era asaltar las casas de las víctimas, eso haría desviar tal vez las investigaciones. Lo hacía saqueando los cajones y esparciendo todas las cosas por toda de la casa formando una escena típica de robo. Todas murieron por estrangulamiento con prendas de vestir encontradas por el asesino en la casa de sus víctimas. Es decir que él no tenía un implemento seleccionado con anterioridad, lo hacía con lo que encontrara a su mano, siempre y cuando sirviera para estrangular.

Me aterra ser consciente de que me estoy capacitando para convertirme en el mejor asesino. No quiero serlo, no quiero terminar en una celda, no quiero ser como fue Albert De Salvo. De cierto modo me siento un poco mejor persona comparándome con este asesino porque no siento deseos en violar a las personas que pienso matar, así que soy solo un asesino, no un violador. Mientras investigaba, encontré justo después de terminar un cigarrillo un comentario en la página donde encontré la historia del estrangulador de Boston. “me considero un hombre enfermo sexualmente, pero no llego a ser un asesino, por eso satisfago mi necesidad sexual con animales, eso me permite tener mis manos limpias de sangre” decía en letras góticas y terminaba con el nombre de una estrella del cine.

Esa noche decidí que mi segunda víctima sería el maldito perro de mi vecina. Entiendo que no me pertenece la vida de ningún ser vivo, pero si logro sentir lo mismo que siento al matar un humano pero con un animal, eso me tranquilizaría un poco porque, si así pasara, podría matar venados o tal vez conejos en el bosque. Encontraría una forma de matar sin dañar humanos.

Esa noche tomé el cuchillo con el que le apliqué a mi pan mantequilla de maní y mermelada de mora y salí por la ventana de las escaleras de emergencia. Subí hasta el último piso y entré por una abertura que hay entre un muro y una puerta que está en mal estado. Bajé por las escaleras internas y volví a salir a las escaleras de emergencia en el piso sexto, bajé hasta el piso cuarto y entré al apartamento de mi vecina por la ventana de la cocina. En este momento siento cómo la adrenalina se mezcla con mi sangre y empieza así a recorrer todo mi cuerpo. Camino muy despacio y sigilosamente, todo está muy oscuro y no puedo ver muy bien en dónde y por dónde debo caminar para no producir ruido, salgo de la cocina y camino por un pasillo que me conduce a un pequeño estudio, recuerdo que alguna vez ella sacó algo de dinero del segundo cajón del escritorio. Quiero que en este caso la policía crea que el objetivo era robar a esta señora, así que con mi cuchillo fuerzo la cerradura y saco un sobre de color blanco que contiene dinero según mi recuerdo espontáneo.

Me extraña por qué el perro aún no ha notado mi presencia y no ladra porque el condenado ladra por todo. Antes de salir del estudio tropecé con una silla, el ruido que esto produjo alertó al lanudo perro y empezó a ladrar. Lo esperé escondido detrás de la puerta. Siento miedo, siento vértigo, siento algo de satisfacción, escucho cómo mi víctima se acerca a mí. El perro entra al estudio y se detiene justo enfrente del escritorio, olfatea algunos documentos que dejé sin darme cuenta en el piso cuando abrí el segundo cajón. En ese momento me abalancé sobre él y le enterré el cuchillo en el cuello. No quise pensar en nada, solo terminar con lo que comencé. Le destroce el abdomen y el cuello con varias puñaladas. Lo mate.

La sangre comenzó a derramarse de forma derrochadora, algo que me preocupo mucho porque no quería dejar huellas al salir. Me limpié los pies con la cola del perro porque era la única parte que aún no tenía sangre y salí por el mismo lugar por donde entré.

Llegué a mi apartamento utilizando el mismo camino y me quité la ropa, la deposité en una bolsa junto con el cuchillo y la guardé debajo de mi cama. Inmediatamente llamé a la policía y les advertí de unos ruidos extraños en la parte de atrás del edificio. Me duché. La sangre se negaba a salir de mi piel, casi que se quería quedar ahí como un pigmento, como una pista para la policía. Como un testigo silencioso.

Quince minutos fue el tiempo que me demoré en duchar y el tiempo que se demoró la policía en llegar al edificio.
Estoy esperando lo que en mis planes debería pasar y pasó. La puerta de mi apartamento es tocada por el oficial que toma el caso, abro mi puerta y la alarma se dispara produciendo un ruido ensordecedor. Esto era exactamente lo que quería que sucediera. Le expliqué al policía que el sistema de alarma era nuevo y no me he acostumbrado a el. Esto le demostró al investigador que yo no había salido de mi apartamento porque, de hacerlo, se habría disparado la alarma. Este sistema registra la hora en la que fue activado y la hora en que es desactivado, él entró con mi permiso con el pretexto de darme un lección rápida sobre el uso del sistema y comprobó que la hora de activación había sido a las 22:32. Son las 2:15 y en ese lapso la alarma estuvo activada sin interrupción. Él salió diciéndome que volvería al otro día a hacerme algunas preguntas.

Hoy estoy esperando la visita del investigador.


Giovanni Acevedo

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Giovanni Acevedo

Bogotano irreverente, sincero, directo y crudo para decir lo que piensa. Escritor, columnista crítico y promotor del voto joven, del voto inteligente. Para muchos políticos, una piedra en el zapato, una fastidiosa realidad.

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