Viernes, 21 Febrero 2020

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Jueves, 28 Julio 2016 15:00

Campaña del SÍ y el NO por la paz

Surgen movimientos ciudadanos en torno a los acuerdo de paz de la Habana, unos promotores como "Por Colombia Sí",y otros grupos de opositores como "Resistencia Civil" 

 

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Martes, 11 Noviembre 2014 07:12

Salmo del odio

El odio se nos ha vuelto materia prima. Ser tolerante, para cualquier colombiano que quiera romper el molde del violento para ser pacífico, constituye un verdadero reto. La lógica que rige todo esto es una sola, clásica y, al parecer, inmarcesible como un salmo: quien no está conmigo, está contra mí.

No es para nada extraño, en un país en donde hay una pésima educación política, porque la política no consiste solamente en elecciones e ir a bendecir a algún candidato con la santa cruz electoral. Una educación política eficiente enseña a defender posturas con argumentos sólidos, con hechos y pruebas, todo en un marco de responsabilidad y disposición para escuchar. En lo cotidiano y en lo interpersonal, el móvil es el diálogo, pues somos seres de lenguaje y el lenguaje es lo que media entre el mundo y las personas. Tan simple como eso ¿O no? Sinceramente ya no sé.

Quien no está conmigo, está contra mí.

Sin embargo, cada día que pasa me pongo a dudar sobre si el lenguaje es, de verdad, una cualidad innata en el ser humano; peor aun, si los colombianos de verdad estamos facultados con la capacidad de diálogo. Las noticias locales cambiaron de presentar masacres y desapariciones, para presentar riñas, peleas y muertes más absurdas aun. Y cuando se averiguan las causas, queda uno de una sola pieza, al descubrir que los orígenes de las disputas son pasionales, el robo de dos monedas de mil pesos, caminar por la calle con otro color en la camiseta… Que los resultados lleguen a ser fatales para causas tan ridículas, muestra que el malestar cultural del colombiano es complejo. El fuerte advenimiento de crímenes perpetrados por menores de edad es una contradicción severa ¿no se supone que son estos mismos muchachos los “ciudadanos” que se están formando?

Quien no está conmigo, está contra mí.

Si el odio prospera tanto, debe ser porque odiar es fácil. No escuchar al otro es fácil; invisibilizar las posiciones del otro es fácil; ver en el otro un potencial enemigo es fácil. ¿Se dan cuenta? El problema siempre es el otro, nunca uno mismo, porque uno todo lo hace bien ¿cierto que sí?

Quien no está conmigo, está contra mí.

No nos quejemos, entonces, de la existencia de especímenes como los lambones y los sobachaquetas. Tolerancia, por favor. Si hay lambones en el mundo, es porque el mundo es cruel, carente de ídolos para admirar y adular. Pobrecitos todos aquellos a quienes les toca hacer todo con palanca; pertenecer a un partido político para tener que trabajar con un gobierno contrario a sus ideales, teniendo que negar las propias bases ideológicas, debe ser duro; dicho de otro modo, ser voltiarepas debe ser un sacrificio durísimo (y ustedes que vilipendiaban a Rodrigo Rivera Salazar y a la pobre Nohemí, manada de insensibles). 

Quien no está conmigo, está contra mí.

Vi que se desgarraron las vestiduras por una placa puesta en Cartagena por el Príncipe Carlos, en memoria de los ingleses caídos en el Sitio de Cartagena, promediando el siglo XVIII. Qué intolerancia, por favor. Eso va en contra de las tradiciones de un país, en donde el ratón es tan buena papa que le hace monumentos al gato.

Quien no está conmigo, está contra mí

Razones para ser odioso, muchas.     
Razones para ser odiado, ninguna.

T. @ElSepulturero_

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Miércoles, 23 Abril 2014 11:53

No hay tumbas en Colombia

 

En Colombia, cuando alguien pareciese haber llegado al extremo de lo ridículo, llega alguien más o menos importante, a demostrar que toda estupidez es susceptible de ser superada. Así, los deseos de María Fernanda Cabal de ver a Gabo en el infierno con su gran amigo Fidel, se ven superados por algún “astuto” que sugiere que Nuestro Nóbel no es colombiano, sino mexicano. Por supuesto, detrás de ello está un profundo desconocimiento de la persecución que lo llevó a buscar otro lugar para vivir, claro está, sin salir de su patria, la cual describió al recibir el Nóbel en esos magníficos párrafos de “La Soledad de Nuestra América”.

Sin embargo, la historia de su exilio, pocas veces antes relatada en nuestro país, es apenas una de muchas que se encontraron en México, Cuba o cualquier otro lugar en el que fuera posible hacer una vida lejos de las feroces dictaduras del Cono Sur o la poco amable democracia Colombiana.

Dentro de los exiliados colombianos en el exterior hay unos célebres y otros no tan célebres. Tal vez, la historia más destacada y cargada de valentía la ha protagonizado Aída Abella, quien con su retorno ha desafiado toda la maquinaria estatal y paraestatal que un día la obligó a dejar el país. Pero como Aída y Gabo, hay muchos Juanes, Pedros, Carlos, Marcos, Sandras, Esperanzas y Claudias que se vieron obligados a dejar sus seres queridos, para huirle a la cárcel o la muerte, simplemente por ser dignos hijos de una patria manoseada.

Aún hoy, Colombia es un país que pierde a sus mejores hijos. Unos, con oportunidades se van a cosechar fortunas y triunfos. Otros, obligados, huyen del anhelo de hacer de este un país donde la convivencia y la esperanza no sean disonantes y donde los sueños y las cárceles o las motosierras no sean consonantes.

Pero somos un país tan mediocre, que no basta con desechar a los mejores hijos, sino también a los “peores”. Mientras el régimen político, las Fuerzas Miliatares y los grupos paramilitares han condenado literatos, artistas, escultores, académicos y luchadores sociales a huir de Colombia; la clase política, con un gran consenso entre ellos, ha decidido concederle al vecino del norte el derecho a solicitar nuestros “peores” hermanos en extradición.

En esas extraditaron a Leder y amedrentaron a Pablo Escobar y los Rodríguez Orejuela, generando con ello una gran oleada terrorista por parte de los carteles de Medellín y de Cali para presionar porque no extraditaran a sus jefes. La Constitución del 91 prohibió la extradición de nacionales colombianos, pero la presión de los vecinos del norte hizo que en una de esas incontables reformas a nuestra Carta Política, ésta se volviese a permitir. Con ello, se extraditaron también otros “capos” del narcotráfico.

Luego, en medio del discurso de la “guerra contra el terrorismo” se extraditó a Simón Trinidad y a Sonia, guerrilleros de las FARC que, paradójicamente, no son juzgados en el país por hechos propios de nuestro conflicto armado interno, sino que en procesos bastante irregulares y bajo condiciones infrahumanas son mantenidos en cárceles norteamericanas.

Vino la extradición de los jefes paramilitares. Toda una cachetada a las víctimas que saben que este hecho representa una afrenta a la posibilidad de verdad, justicia y reparación integral. Y ahora, les dio por enviar también a unos atracadores que, en un hecho desafortunado, no le hicieron “paseo millonario” a un parroquiano cualquiera del norte de Bogotá, sino a un agente de la DEA -la agencia norteamericana a través de la cual se gestionan y ejecutan buena parte de los recursos norteamericanos dedicados a financiar la guerra antidrogas en Colombia-.

¡Un despropósito total! Es desgarrador escuchar las súplicas de estos delincuentes por no ser extraditados, sino por ser juzgados por la coja justicia de su país. Un exabrupto jurídico, pero además un hecho carente de todo sentido humanitario.

Hay que revertir esta política y repatriar colombianos. A los que se hastiaron de la persecución política –nuestros mejores hijos-; pero también a quienes la mediocridad de nuestro sistema judicial envió a podrirse a cárceles gringas –que hoy parecen ser los peores-.

No hay tumbas en Colombia, ni para Gabo, ni para Simón Trinidad, Sonia, Don Berna, Leder, Omar, Héctor, Emiro, Juan, Francisco o José. A cambio muchas cárceles en Estados Unidos, pero además escondites en todo el mundo, porque en Colombia no hay lugar para algo por fuera de la mediocridad que ha gobernado desde 1830. En el país de lo absurdo, habrá algún día que reclamar el derecho a morirnos en nuestra propia tierra

 

@FernandoVeLu

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Lunes, 18 Noviembre 2013 13:51

Así me comunico yo, ¿y tú?

Sale el sol dando comienzo a un nuevo día, pero él no se fija en eso, su sol es de color blanco con azul y a medida que pasa el día, va cambiando el tono, se puede ver al negro hacerle compañía al blanco, a veces se les une el verde y en otras ocasiones un pajarito azul.

Su mundo se basa en estos colores de los que sólo se aparta cuando es menester, su vida se mide en barras de energía y ya no depende de los alimentos ni de las horas de descanso que nutren su humanidad. Todo lo que él considera necesario es tener dos manos a las cuales lleguen sus pensamientos, ya que no se dirigen a su boca para que cese el silencio que lo acompaña desde que abre sus ojos.

¿Por qué sucede esto? Simple y sencillamente porque para él, realmente, ya está en un estado cercano al olvido aquello de comunicarse por medio de las cuerdas vocales. De esta forma, sus dedos terminaron siendo, al parecer, el nuevo hogar permanente de esa voz que no vio futuro en los sonidos; así construye su vida desde hace un largo tiempo. Para él perder su forma de comunicarse, es como no tener partes tan vitales como un ojo o una de sus manos, por eso ruega y suplica a sus dioses, principalmente a uno de carne y hueso que se hace llamar Zuckerberg, que no le fallen ni hoy ni nunca.

Esta pantalla le ha hecho desconocer y olvidar momentos fundamentales de la existencia humana… ¿humana? Tampoco recuerda qué es eso, no sabe cuándo vio por última vez una sonrisa que no estuviera conformada por un signo de puntuación y una letra. El ocaso se muestra imponente como siempre, pero él sólo descansa cuando su batería se acaba o cuando cae físicamente exhausto preparándose para otro día más de actividad social tecnológica.

Luego de dos años, parece que por fin su voz está haciendo esfuerzos para regresar a su boca. Todo se lo debe al color morado que empezó a ser su compañero desde hace unos meses y rápidamente ocupó un lugar entre sus favoritos. Su equipo, del que depende su existencia, ha avanzado mucho en estos meses y ahora le permitirá retomar esa actividad, tan común de las personas pero que es un mundo inhóspito para él.

Todo estaba preparado. La llamada, por cortesía del teléfono morado, estaba entrando. Con expectativas respecto a lo que ocurriría, tocó el botón que establecía la comunicación. Escuchó una voz femenina que le pareció espectacular y quiso decir algo. Pero no pudo. Luego de un minuto con intentos en vano para musitar alguna palabra, su interlocutora finalizó la llamada.

La tristeza se apoderó de su ser y quiso llorar, pero al no haberse separado de la pantalla por muchos meses, lo más cercano que recordaba a eso era un emoticón que componían un signo de puntuación, una comilla simple y el signo de apertura de un paréntesis.

De repente algo que luchaba por salir desde hace mucho tiempo, emergió y le hizo preguntarse qué era. Recordaba que eso tenía un nombre… santi… sen… senti… ¿Cómo era? Por primera vez en años se detuvo a pensar. No conseguía dar con la respuesta, pero sabía que era algo muy, muy bueno. Esa voz era especial, mágica. Había tocado sus fibras más íntimas, aquellas que todavía no habían olvidado qué era la interacción humana.

Otra duda que lo asaltó fue la imposibilidad de emitir algún sonido. Pero eso no era de extrañarse. Había pasado semestres completos sin pronunciar una sola palabra. Debido a que vivía solo, no tenía alguien con quien interactuar en su vivienda.

Intentó emitir el sonido más básico que existe. Nada. Otra vez. Menos aún. Lo hizo durante las siguientes dos horas, pero el progreso fue casi nulo. Se puso en contacto con ella a través de sus dedos pero le insistía en que tenían que hablar. Sin saber qué hacer, contactó a alguien para relatarle su situación, pero no lo tomó en serio. La angustia y la desesperación se apoderaron de su ser.

Continuará…

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