Jueves, 09 Abril 2020

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Por: Sebastian Zapata

Hace algunos años cuando finalizaba el pregrado en Ciencia Política, decidí realizar mi tesis sobre la teoría de la falla estatal y desde aquel tiempo no he tenido que hacer mayor análisis empírico en nuestra región acerca del tema, debido a que, aunque Sudamérica pase por constantes problemáticas o perviva en medio de un conflicto social latente, no se ha caracterizado por sufrir grandes sobresaltos que conduzcan a determinar que uno de sus Estados está próximo a ser fallido o, en el peor de los casos, a colapsar.

Pese a esto, y analizando los acontecimientos recientes en el país vecino, Venezuela, considero que allí se ha generado un panorama realmente problemático y preocupante, que, de darse un par de sucesos, puede desencadenar en una situación tan critica que ese territorio llegaría a convertirse en el primer Estado fallido de nuestra latitud, en la historia reciente. Claramente, el Estado que estuvo en una situación similar a la Venezuela de hoy, fue lastimosamente Colombia, cuando a finales de la década de 1990 y principios del 2000, casi pasa la línea de Estado débil a Estado fallido.

Retomando, lo grave del asunto y observando como se vienen desarrollando las dinámicas venezolanas, es notorio que en esa nación poco a poco se va encubando un Estado fallido, muestra de ello es que la Venezuela de hoy es básicamente un Estado mono exportador de un producto que no pasa por su mejor momento, el petróleo; posee unas tasas de desempleo que oscilan por el 20%- aunque las cifras del oficialismo lo nieguen-; ha pasado por graves contracciones de su PIB; se ha venido caracterizando por tener tasas de inflación insostenibles; convive con una escasez de más del 50%; su población pobre acapara 3 de cada 4 habitantes; tiene una catastrófica posición en el Índice de Paz Global; esta en los primeros 20 puestos del Índice de Percepción de la Corrupción; su lugar en el Índice de Competitividad es deplorable; y, su tasa de homicidios es alarmante. Solo por mencionar algunas penosas situaciones con las que deben convivir los venezolanos en la actualidad.

Ahora, pareciese que solo faltan un par de condiciones o sucesos para que Venezuela finiquite su entrada al decadente club de los Estados fallidos. Por ejemplo, entre dichas condiciones está el traspaso total de la delgada línea que separa un sistema político autoritario de uno dictatorial. Este último modelo, que se caracteriza por difuminar la división de poderes, si es aplicado a una hipotética praxis venezolana representaría un Nicolás Maduro detentando las diferentes ramas del poder.

Y este panorama dictatorial, algo que tal parece no es muy irreal ni que le disguste al mandatario venezolano, tiene su fidedigna muestra en lo acontecido días atrás, cuando, obviamente él tras bambalinas, ayudo a orquestar que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) asumiera las funciones de la Asamblea Nacional de Venezuela- para nadie es un secreto que dicho tribunal es una figura titiretezca a favor de los intereses del gobernante bolivariano-.

A pesar de que recientemente, en el papel, a la Asamblea se le devolvieron sus funciones- luego de un reversazo del régimen fruto probablemente del reclamo internacional- quedo más que demostrado que lo que Montesquieu pensó como la separación de poderes, en Venezuela se puede volver a desdibujar en cualquier momento, quizás de manera definitiva, gracias a los cálculos políticos de Maduro y su gran influencia institucional dentro del régimen.

En este orden, y pese a que Venezuela ha podido convivir un tiempo considerable con una aguda polarización política, un escenario como el que se está configurando actualmente, donde Maduro ya no teme ignorar y desobedecer directa o indirectamente ciertas lógicas del modelo democrático, puede conducir a contextos más conflictivos, violentos y, en última instancia, bélicos o insurgentes.

Lo anterior, posiblemente, desencadenaría en lo que considero una segunda condición o más bien el jalón final hacia un Estado fallido en la hermana república, que no es más que el estallido social venezolano, caracterizado, básicamente, por un posible contexto de ciudadanías armadas. Insisto, este segundo escenario tampoco es descabellado, si se tiene presente la conflictividad política que vive esa nación, la presencia de grupos paraestatales, pequeños señores de la guerra, grupos armados ilegales extranjeros (colombianos concretamente), la radicalidad extrema de algunos sectores pro o contra establecimiento, y demás.

Para finalizar, y más allá de que se cumplan o no las condiciones propias para terminar de configurar una Venezuela fallida, me aventuro a decir, como también lo pensarán muchos, que el futuro de nuestra nación fronteriza es bien etéreo. Por ello, es bastante probable que de continuar con el actual patrón de toma de decisiones caprichosas e irracionales de un mandatario no apto para su cargo, se van a convertir más temprano que tarde en el primer Estado fallido de la Sudamérica contemporánea, porque ya pareciese que están ad portas de serlo.

Twitter. @sebastianzc

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Lunes, 08 Septiembre 2014 09:36

Hecatombe de un desequilibrio

Poco a poco, artículo por artículo, se ha ido cambiando la Constitución Política de Colombia, un articulito reformado permitió la reelección presidencial generando la hecatombe que acabó con el equilibrio del poder entre las diferentes ramas del Estado. Siempre me he declarado en oposición a la reelección presidencial, independiente de quien sea el sujeto a reelegir; y aunque no es el propósito fundamental de esta columna,hace parte de la reflexión, pues la reelección presidencial cambia toda la manera de entender el Estado Colombiano, desde su equilibrio y orden, hasta la misma imposibilidad de regeneración vital para la democracia; además de esto y bajo las constantes posibilidades de corrupción, clientelismo y estrategias oscuras para perpetuarse en el poder, es inimaginable ganarle unas elecciones a un gobierno.

Es imperante entonces analizar y debatir el propósito de reformar el ordenamiento del Estado que se plantea en el proyecto de ley de equilibrio de poderes que se radicó en el congreso. Dicho proyecto prohíbe la reelección del procurador, quien siguiendo los pasos del Fiscal, el Contralor, Defensor del Pueblo, Registrador, Magistrados del Consejo Nacional Electoral, tendrá sólo un periodo, así mismo el fin de la puerta giratoria entre las diferentes corporaciones es una razón para celebrar. Considero preponderante entonces anexar a esa prohibición de reelección la de los congresistas, quienes deberían tener un máximo de 2 periodos, la constante regeneración del congreso es una necesidad, la política necesita ser dinámica. ¡No quiero ver más a Roberto Gerlein en su curul vitalicia!

Debo dejar constancia, no me siento cómodo con otros aspectos de la reforma, siempre buscando el equilibrio del sistema de pesos y contrapesos, considero que no es beneficioso para el país que en coherencia con un aumento del presidencialismo reinante, el presidente se convierta en quien postule la terna completa para Procurador, como si este fuera un títere; como pocas veces, pero hay que reconocerlo, coincido con el señor Ordóñez cuando afirma que pretenden que éste se convierta en un subalterno del presidente. ¿Cuál equilibrio de poderes si el tipo de elección es por si misma un desequilibrio? Propongo, sistema de méritos, altos requisitos y que de allí los mejores sean votados por el senado.

Apoyo propuestas de silla vacía a los delitos contra la administración pública, curules del senado con circunscripción regional, y designación de quien tenga segundo lugar en elecciones presidenciales como senador. Las considero importantes, la primera, para atacar la corrupción y las otras para que la representación del imaginario colectivo del pueblo Colombiano esté en el congreso.

Finalmente estimo que varios aspectos también deben ser analizados con detalle, la capacidad sancionatoria de la procuraduría, la eliminación de listas cerradas, la relación de lo anterior con los pequeños partidos, la creación de un tribunal escogido por el congreso que juzga a quienes juzgan el congreso, además la capacidad de elegirse para otros cargos y presentar renuncia un día antes de su posesión para el nuevo cargo.

Exijo como ciudadano y recordando el deber del congreso, que se tenga un debate serio y en busca de una verdadera reforma de equilibrio de poderes, que ésta no sea una cirugía estética sino una que modifique en profundidad vicios del sistema político colombiano, ¡ojo!, que el país no quede convaleciente.  Que se escuchen las voces críticas y sensatas que hay en el senado y la cámara y que estas, ojalá, promuevan la corrección y modificación de los artículos de esta reforma que deformen el país. Espero que de artículo en artículo no vayan colgando micos como con la reforma a la justicia se hizo. ¡En Colombia los artículos son peligrosos!

T.@PJuancamilo

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