Viernes, 24 Enero 2020

El odio se nos ha vuelto materia prima. Ser tolerante, para cualquier colombiano que quiera romper el molde del violento para ser pacífico, constituye un verdadero reto. La lógica que rige todo esto es una sola, clásica y, al parecer, inmarcesible como un salmo: quien no está conmigo, está contra mí.

No es para nada extraño, en un país en donde hay una pésima educación política, porque la política no consiste solamente en elecciones e ir a bendecir a algún candidato con la santa cruz electoral. Una educación política eficiente enseña a defender posturas con argumentos sólidos, con hechos y pruebas, todo en un marco de responsabilidad y disposición para escuchar. En lo cotidiano y en lo interpersonal, el móvil es el diálogo, pues somos seres de lenguaje y el lenguaje es lo que media entre el mundo y las personas. Tan simple como eso ¿O no? Sinceramente ya no sé.

Quien no está conmigo, está contra mí.

Sin embargo, cada día que pasa me pongo a dudar sobre si el lenguaje es, de verdad, una cualidad innata en el ser humano; peor aun, si los colombianos de verdad estamos facultados con la capacidad de diálogo. Las noticias locales cambiaron de presentar masacres y desapariciones, para presentar riñas, peleas y muertes más absurdas aun. Y cuando se averiguan las causas, queda uno de una sola pieza, al descubrir que los orígenes de las disputas son pasionales, el robo de dos monedas de mil pesos, caminar por la calle con otro color en la camiseta… Que los resultados lleguen a ser fatales para causas tan ridículas, muestra que el malestar cultural del colombiano es complejo. El fuerte advenimiento de crímenes perpetrados por menores de edad es una contradicción severa ¿no se supone que son estos mismos muchachos los “ciudadanos” que se están formando?

Quien no está conmigo, está contra mí.

Si el odio prospera tanto, debe ser porque odiar es fácil. No escuchar al otro es fácil; invisibilizar las posiciones del otro es fácil; ver en el otro un potencial enemigo es fácil. ¿Se dan cuenta? El problema siempre es el otro, nunca uno mismo, porque uno todo lo hace bien ¿cierto que sí?

Quien no está conmigo, está contra mí.

No nos quejemos, entonces, de la existencia de especímenes como los lambones y los sobachaquetas. Tolerancia, por favor. Si hay lambones en el mundo, es porque el mundo es cruel, carente de ídolos para admirar y adular. Pobrecitos todos aquellos a quienes les toca hacer todo con palanca; pertenecer a un partido político para tener que trabajar con un gobierno contrario a sus ideales, teniendo que negar las propias bases ideológicas, debe ser duro; dicho de otro modo, ser voltiarepas debe ser un sacrificio durísimo (y ustedes que vilipendiaban a Rodrigo Rivera Salazar y a la pobre Nohemí, manada de insensibles). 

Quien no está conmigo, está contra mí.

Vi que se desgarraron las vestiduras por una placa puesta en Cartagena por el Príncipe Carlos, en memoria de los ingleses caídos en el Sitio de Cartagena, promediando el siglo XVIII. Qué intolerancia, por favor. Eso va en contra de las tradiciones de un país, en donde el ratón es tan buena papa que le hace monumentos al gato.

Quien no está conmigo, está contra mí

Razones para ser odioso, muchas.     
Razones para ser odiado, ninguna.

T. @ElSepulturero_

Esta resaca electoral no deja un panorama feo, pero fácil de comprender: el país está polarizado. Como lo había explicado en mi primera entrega, somos un electorado de hinchas y no de votantes[1], lo cual hace que nuestras prácticas democráticas dejen más sabor a circo que a algo sobrio. Se puede ver en las redes sociales cómo los derrotados en los pasados comicios siguen reticentes a la idea de haber perdido, aún cuando los jefes de sus toldas ya aceptaron la derrota.

Estamos en medio de dardos cruzados; digo estamos, porque somos muchos los que no sabemos qué hacer y a quién hay que apoyar; los que no sabemos si volvernos fanáticos de uno o de otro bando. Nos limitamos simplemente a observar cómo, paradójicamente, todos los que quieren la paz no la practican entre ellos mismos. Unos dicen: 

-Es que su candidato ganó, porque se fue con la izquierda castro-chavista del país, uniéndose a los mamerto-comunistas de esos grupos. Terroristas. La paz con los terroristas no es mi paz.        

Los otros no se quedan callados y responden enervados:

-Acá queremos es la paz, no queremos la godarria en el poder. Su argumento guerrerista no es válido.Pequeñoburgués, guerrerista, parami…

… y así se la pasan mis paisanos, en este rifi-rafe desde la oficina, la clase o la casa.

Que esto pase no es nuevo. De hecho pasa todo el tiempo y ha pasado toda la vida con los colombianos. Por tanto, se hace aquí evidente uno de los grandes problemas que el colombiano promedio deja ver en sus prácticas cotidianas: siempre quiere tener la razón, no importa cómo ni por qué.

El colombiano odia que se le cuestione lo que dice, le causa un escozor inmenso. Quiere siempre tener la última palabra, por más errado que esté y así se haya dado cuenta de ello; quiere que se haga siempre lo que él diga y el que se niegue, automáticamente es su rival. Veo esto y me siento como en la época de las cruzadas, cuando los Cruzados se enfrentaban cruelmente contra los Sarracenos de Saladino (y ni siquiera, porque el monarca de los Sarracenos era venerable por respetar la vida de sus rivales, aun cuando ya los hubiese derrotado).

Por ganar la batalla de la opinión, se ha vuelto válido que se lancen acusaciones insulsas, llenas de falacias poco medidas, ofensivas a más no poder. Tal parece que se nos ha enseñado no sólo a pelear, sino a buscar sumir al rival en la peor de las ignominias y los desprestigios… y todo por tener la razón, por negarse a agachar la cabeza de cuando en cuando para llegar a un acuerdo.        

El Conflicto Armado y sus negociaciones en La Habana ya han mostrado avances y pre-acuerdos, al menos sobre el papel. Una de las mitades del país votó por esa alternativa, al tiempo que la otra reniega porque, a su modo de ver, “esa paz no es mi paz”. Yo pienso en la paz, como el concepto que ha definido el diccionario de la RAE, entre tantos: Sosiego y buena correspondencia de unas personas con otras, especialmente en las familias, en contraposición a las disensiones, riñas y pleitos.

En lugar de andar peleando por tener la razón y por saber cual es “la paz” que se quiere, opino que debemos declarar la paz que sí podemos dar: la paz de ceder el paso, la paz al medio ambiente no botando basura y guardando el papel en el bolsillo, la paz de no continuar una pelea, la paz de respetar el trabajo del otro. Y esto no es una cuestión de firmar acuerdos; es algo de sentido común que le hace falta, la mayoría de las veces, a los habitantes de este país.

Para hacer la paz indudablemente hay que ceder y ceder sirve, muchas veces, para hacer la vida un poco más soportable.

Epitafio:

Yace el cadáver del libre albedrío colombiano; en su persecución desmedida, prefirió suicidarse cuando supo que no habían más opciones, aparte del sida o el cáncer.

 

T. @ElSepulturero_

 


[1] Lea aquí por qué http://www.palabrassociales.org/index.php/item/372-ya-va-a-empezar-el-mundial-y-aun-no-tengo-el-album#.U6AtgT15OSo

 

A veces, después del almuerzo, me pongo a caminar por las criptas del cementerio para leer cosas. Los epitafios resultan buenos textos, cargados de una emoción y un sentido que los hace únicos. El desvencijado “Aquí terminan las vanidades del mundo” de la entrada me saluda todos los días; pienso en las tantas cosas que habrán dejado los que ahora son mis inquilinos. Me topo con muertos de todos los estratos; desde presidentes de la república hasta los más humildes desconocidos. Todos aquí, durmiendo bajo la misma loza, con la misma almohada, con el mismo frío.

Leo y pienso en lo mucho que nos llevan de ventaja quienes ya no respiran; ellos no tienen sobre sus hombros el peso de hacer realidad sus sueños. Ya no tienen posibilidad real de hacerlo y, por tanto, ya no son responsables de nada. Ya no son, punto.

No hay muertos; quedan los vivos. Quedamos nosotros, los vivos. Pero sabemos claramente para qué hacernos los vivos: para la trampa, la corruptela, la colada en la fila… Pero también nos hacemos los muertos, así como los perritos que sacan a hacer pipí en el pradito del parque. Cuando hay promoción de medias, regalada de lechona, chocolate gratis, ahí estamos vivos, muy vivos; nos pellizcamos hasta para goterear tinto en un velorio (díganmelo a mí, que me gano el pan entre cajón y cajón). Nos acomodamos a lo que sea para sacar provecho. Pero también nos parece cómodo hacernos los muertos para no hacer lo que nos toca; si nosotros, como colombianos, somos capaces hasta de hacerle el quite a nuestra mamá para no lavar la loza ¿qué nos puede hacer pensar que podemos con una responsabilidad tan grande como la responsabilidad electoral? Ad portas de una segunda vuelta para elegir presidente veo gente que le hace el quite a su responsabilidad, a algo que literalmente está en manos de todos.

Nunca he podido comprender cómo hemos sido tan capaces, históricamente, de pasar de largo nuestras responsabilidades ciudadanas. Viendo las mismas tumbas pienso que tal vez muchos estarían dispuestos a volver a acabar lo que dejaron empezado (algunos quizás ya votaron, uno nunca sabe con tanto difunto que resucita por estas fechas).

No hay una cultura del voto; no solemos asumirnos como ciudadanos, salvo para pedir insulsamente a un estado flaco que ya no da más. Nos hacemos los muertos, mientras los vivos, los más vivos, saben usar hasta el horno crematorio.

Un mejor país no se hace haciéndonos los de la vista gorda; siempre había pensado que necesitábamos un mejor país. Hoy me doy cuenta de lo equivocado que estoy; el país está bien. Lo que necesitamos es mejor gente y, si no, al menos gente que no se haga la muerta cuando la llaman a tomar decisiones.

Epitafio:

Reposan los restos de la Z del zorro.
Fue hallada raptada, coloreada y cruelmente lapidada en el logo de la campaña de alguien que tiene más de vampiro que de zorro.

 

@ElSepulturero_

Chucho le chuza la choza a Concha con un chuzo y Concha le dice a Chucho que no le chuce la choza con ese chuzo. Así comienza uno de esos trabalenguas que son patrimonio del humor costumbrista de estas tierras. Es viejísimo. Mi padre me lo enseñó cuando era niño y aún no pegaba lápidas. Me lo traté de aprender desde chico y todavía a veces me queda difícil. Ahora que me pongo a pensar, me doy cuenta que este escueto enunciado es mucho más que un trabalenguas popular. Esto es casi una ley, una máxima.

Me permito hacer un análisis literario de este trabalenguas a mi manera, con el permiso de mis amigos literatos y lingüistas a quienes ofrezco disculpas desde ya. En primer lugar hay algo que resalta en este enunciado: la ch. No hay nada más colombiano que la ch: chorizo, chanfaina, chunchullo, chanchullo; son palabras deliciosas y no justamente porque refieran a comida o costumbres comunes de nosotros como la última; la ch es la chapa de los latinos, se siente bien pronunciarla, varios pueblitos empiezan por ch. Por tanto, la primera conclusión de esto es que la ch es más nuestra que cualquier cosa.

Otra cosa que resalta de este pintoresco enunciado es el verbo principal: chuzar. Cuando queremos saber si la torta de plátano de la abuela está en su punto, a usted le piden que chuce la torta; cuando deseamos que alguien haga algo rápido y le insistimos, se dice que uno lo chuza para apurarlo. Chuzar es algo propio, es un rasgo de identidad de nosotros como colombianos. Hasta en el sentido peyorativo este verbo es nuestro; un delincuente lo chuza a uno si quiere dañar, si quiere extraer a su víctima algo que codicia y ambiciona y no sabemos para qué finalidad.

Pues bien, si chuzar es algo tan nuestro ¿de qué nos quejamos? ¿por qué nos sorprendemos? ¿Qué culpa tiene el pobre Andrés Sepúlveda de chuzar comunicaciones, si el chuzar es una conducta tan común entre todos nosotros? A uno no deberían condenarlo por una cosa tan común. ¡Qué tal esta justicia!

Que juzguen al señor Sepúlveda, y por el ladito a Oscar Iván Zuluaga, por chuzar comunicaciones, es como si a cualquier colombiano lo juzgaran por colarse en una fila de banco, por no ceder una silla en el transporte público a una persona de la tercera edad por dar empleos no por méritos sino por roscas (siempre que pienso en esto me acuerdo de notarías, no sé por qué), por copiarse en un examen de universidad. Todo eso son carajadas. A uno no deben juzgarlo por una bobada de esas. Ese artículo 463 del Código Penal Colombiano es lo más injusto[1]. Sólo falta que sancionen una ley que condene con cárcel a los que no levantan el bizcocho del inodoro cuando van a orinar. Justicia terrible esta.

Así que no nos matemos la cabeza; que Chucho le siga chuzando la choza a Concha, así como Oscar Iván ha chuzado las comunicaciones de la oposición, así como María del Pilar también chuzo cositas desde el Das, así como hubo Monita Retrechera, Saulo Arboleda…

Epitafio:

Yacen aquí los restos de la paciencia pura de los jurados de votación; mártires sagrados que sacrifican un día de chancletas y películas por una jornada de tarjetones y agarrones.

 


[1]“El que indebidamente obtenga, emplee o revele secreto político, económico o militar relacionado con la seguridad del Estado, incurrirá en prisión de tres (3) a doce (12) años.” Artículo 463, Código Penal Colombiano.

 

Hace mucho tiempo que no voy a una Feria del Libro. No recuerdo ya cuándo fue la última vez. Cuando era más joven y más entusiasta, asistía sin falta a esa cita anual que se realiza acá en mi ciudad. Ir a una que otra conferencia, buscar autores, uno que otro autógrafo. No me parecía un plan tan malo. Además, en cada feria del libro hay demostraciones culturales y lúdicas, que varían con el país invitado de honor; sigue siendo una buena opción de ocio. Pero algo no estaba bien y por eso dejé de asistir a aquel evento.

Algo andaba mal y aun hoy en día se hace evidente: en cada feria del libro se reúnen muchas personas, pero no sabemos para qué. ¿Realmente vamos por la cultura que nos exponen? O ¿acaso vamos porque el colegio no tuvo otra mejor idea para dejar de hacer clase y nos metieron en un bus para ir a un día de ocio, pero de estudios nada? O quizás ¿vamos por el mero placer chauvinista de presumir de cultos, mientras sabemos plenamente que somos un país que lee muy poco? La última pregunta es la que más me martilla la conciencia. Durante dos semanas hacemos alarde de ser los lectores más voraces, los más cultos, los educados por excelencia; pero por dentro no podemos comernos esa patraña.

Los colombianos amamos lo fácil y leer no es algo tan sencillo, ni mucho menos algo que se aprenda de la noche a la mañana. Gran parte de ese público que asiste a la Feria del Libro no va sino con ánimo de presumir una cultura de la que se carece. Aparte de eso, es un gran centro comercial itinerante de libros, caros y, en ocasiones, impagables. Bien lo decía alguien por ahí, con toda razón, quien afirmaba que un libro que cueste el 10% del salario mínimo de un país como el nuestro no puede estar en una feria. En Colombia los libros son costosísimos, otra excusa que se suma a las demás para no tomar el hábito lector.

Aclaro que no tengo nada en contra del evento, ni de Corferias, ni de los organizadores. Es más, hay cosas que se pueden resaltar dentro de las programaciones que emiten. Pero creo que con estos eventos no se logra nada más allá que la reunión de gente desorientada, muchos esnobs, de esos  que creen que con comprar cinco libros ya son eruditos, y algunos miembros de una élite intelectual que sigue exponiendo ideas caducas. En un par de semanas al año llenamos los pabellones de Corferias para “llenarnos de cultura”, mientras que el resto del año las bibliotecas públicas no son los lugares más concurridos, ni siquiera por los estudiantes que van allá a buscar un conocimiento meramente enciclopédico.

No se está logrando el impacto que necesita un público famélico de cultura; pedagógicamente no hay mucho y no se está persuadiendo a la gente para que lea, como sí para que compre. Y es aun posible que los mismos que compren libros por montón, los arrumen en el último rincón para no ser abiertos por nadie.

La sola idea de tener una biblioteca privada es contradictoria y siempre me ha parecido absurda. Los libros siempre deben estar abiertos para todos; pero los libros solos no hacen magia; necesitamos que la gente se acerque a leer, promoción de lectura, lúdicas, etc. Ahí es en donde nunca vemos aparecer a los gobiernos, promoviendo la lectura. No quiero decir con esto que la Feria del Libro tenga la culpa de estos males que nos aquejan; simplemente quiero decir que hacer una Feria del Libro aquí es como hacer un festival de diversidad sexual en un país islámico o una celebración de la honestidad en el Congreso de la República. No podemos celebrar sobre algo que no abunda, cultura, hábito lector, generación de ideas, interpretaciones, etc.

Aplaudo ideas como Libro al viento, para que la gente lea y entregue los libros  a otro ciudadano; en este caso hay que vencer el facilismo que nos caracteriza y colaborar para que todos nos acerquemos a la cultura escrita, que es mucha,  la que no alcanza una vida entera para leer.

Sigo soñando con una ciudad en la que los libros no falten, en donde se sigan contando historias, en donde se lea algo más que las frías páginas de los avisos clasificados o el obituario de un periódico. Que haya una Feria del Libro no está mal; pero lo ideal es que haya más libros y, sobre todo, más público en las bibliotecas 

Epitafio:

Aquí descansa la confianza de los colombianos:
Azotada y martirizada, dejó de ver la luz, una mañana en que las encuestas electorales y la cursi propaganda política hicieron de la conciencia del votante un cadalso farandulero.

 

 

Los fanáticos tumban las estanterías de los almacenes de cadena cuando llegan los Mundiales de Fútbol. Religiosamente, cada cuatro años, aguardan con sigilo y con paciencia la llegada del álbum, ese compendio de imágenes a las que idolatran casi como a dioses.

Los anuncian y los publicitan con meses de anticipación, al tiempo que van  comprando las láminas que pronto van a pegar en cada recuadro. El ritual es impecable: quitar el papel que recubre la película adhesiva, ubicar en limpia exactitud el caramelo dentro del recuadro, cuidar que no quede torcido o con espacios. Sólo hay una oportunidad para poner el caramelo dentro del recuadro, porque si queda mal puesto hay que despegarlo y el caramelo, posiblemente, se echará a perder. Los que hemos llenado álbumes alguna vez, sabemos que existen caramelos muy difíciles de conseguir y dañar uno significaría no completar la colección, probablemente jamás. Es un asunto de cuidado.

Curiosamente, aquí en Colombia, cada cuatro años llega otro álbum, con otras imágenes tal vez menos entusiastas. Quizás por eso es que no se ven tumultos por adquirirlo y mucho menos entusiasmo por llenarlo. No se ven las figuritas heroicas y apolíneas de los atletas, sino algunas caras menos saludables y con menor jovialidad.

Anunciados desde largas semanas atrás en los medios, también atiborran los espacios públicos. Sin embargo, a diferencia del álbum del Mundial, este solamente se puede llenar en un solo día, un día específico que la Registraduría Nacional tiene a bien cuadrar a su antojo. Algunos se llenan, pero la gran mayoría se queda sin estrenar y van a parar rotos, antes de caer la tarde, a una ignominiosa bolsa negra.

Cruel destino ¿no? El ritual es similar al primero: se entrega la cédula a un emisario, que quizás sonríe; otro emisario entrega el álbum, de una página y con ocho o nueve recuadros; se camina hacia un lugar privado en donde cuidadosamente se tomará un marcador o un esfero para marcar uno de los recuadros, el de nuestro ídolo, mesías, personaje del que somos hinchas… llamémosle como mejor nos parezca. No se puede marcar más de un ídolo, eso es traición según los más puristas . No faltan los entusiastas que marcan todos los recuadros; tampoco falta el indeciso que no sabe cómo llenarlo o a quién darle el favor de su cruz, la santa cruz electoral.

Al igual que el otro álbum, hay sólo una oportunidad para llenarlo y el hacerlo mal implica que la colección no se complete. Es, también, un asunto de cuidado.

En el mundial de fútbol, como en las elecciones, el ambiente es sabroso. Se habla de estadísticas, de jugadores que pueden meter más goles, de cuál de estos personajes es el más volador (o el más avión), de cómo se valen las jugadas ilícitas o en fuera de lugar. Es una forma divertida de perder el tiempo; uno, que es de lavar y planchar, se queda pegado al televisor viendo lo que pasa y lo que está en juego. Salen suplementos de noticias que muestran a los hinchas de uno u otro bando dándose en la jeta y matándose por los resultados, lo cual no es del todo malo para mí, pues al otro día hay trabajo y toca ganar la papita.

El reguero que queda después de cada partido es el mismo, y ahí hay trabajo para mis amigos los barrenderos. Después de que uno de los contendores gana, el otro alega por acto reflejo. No importa quién gane; malos perdedores va a haber siempre y se rehusaran a aceptar la derrota. Esa es la fiebre precisamente: ganar.

A los hinchas les importa poco el como gana su equipo o su jugador; con que gane, así sea por debajo de la mesa (o de la urna), el hincha va a celebrar y va a restregarle “su” victoria en la cara a sus acérrimos rivales. La borrachera del triunfo dura días, tal vez semanas. Los perdedores se lamentan porque pasarán otros cuatro años para poder sacarse la espinita. Y no hablemos de los periodistas o las gentes de bien que salen en televisión a ayudar a rociarle gasolina a la candela.

Vemos entonces que una cosa no difiere de la otra. Nos tomamos lo político a lo futbolero, y somos un electorado que no es de votantes sino de hinchas. Las diferencias parecen ser irreconciliables y casi se vuelve traición tener un amigo que no sea del bando que uno defiende, apoya o del cual uno es seguidor. Fregado vivir así.

Claro está que los futboleros al menos tienen un poquito de ética que los electoreros no tienen: ellos al menos no vienen hasta aquí, al cementerio, a joderle la vida a mis muerticos, dizque para que vayan a votar. Seguiré  esperando el álbum.

Epitafio: Yace aquí el sentido común de los bogotanos: Colapsado por el afán matutino vivió, para morir como mártir una cruel mañana, en la que mandaron a las damas a un vagón y a los que no lo son al vagón de atrás. R.I.P

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